Comenzar de nuevo.

Hay etapas en la vida que para ser feliz hay que obligarse. Empieza por poner tu atención en todo aquello que contribuye de alguna manera a tu bienestar, te hace sentir bien, por pequeño o rutinario que te parezca, intenta retener esa sensación agradable momentánea y todo lo que moviliza dentro de ti. Practica la gratitud, identifica todo lo que te gusta, funciona, está bien y es bueno para ti en tu vida. Y recuerda que la gratitud es el camino más corto hacia la felicidad. Las personas agradecidas casi siempre son más felices.

En etapas como esas, en las que no queda de otra que continuar y reinventarse, evita mirar hacia atrás. Deja de creer en los delirios y las trampas de la mente que casi siempre nos cuenta la historia distorsionada por nuestros deseos o aquellos pensamientos que decidimos creernos. Mira hacia adelante, en el camino, al encuentro contigo… un día a la vez.

Ser humanos implica reconocer que tenemos necesidades afectivas y emocionales que no podemos ignorar. Resulta lo más normal y común que busquemos satisfacer estas necesidades a través de nuestras relaciones.  Cuando nuestras necesidades de amor no son satisfechas en nuestra relación de pareja, se produce una sensación de vacío interior, por lo que sentimos frustración, enojo o tristeza. Son esas ocasiones en la cuales estando aún acompañados, nos sentimos solos. Como alguna vez escuché decir, no hay peor soledad que la que se siente cuando estás acompañado. También sucede cuando hemos terminado una relación y el dolor que te produce el vacío que sientes lo asocias a la persona con quien solías llenarlo. Situaciones hay muchas, se trata de estrenar y crear nuevas maneras personales para satisfacer nuestras necesidades y llenar nuestros vacíos, en especial poniendo la atención en nosotros, observando y participando como testigos del mundo exterior, descubriendo aquello que resuena contigo y te hace sentir bien. Se trata de procurarnos y entregarnos aquello que nos permite satisfacer nuestras necesidades afectivas y emocionales, sin depender de otro para estar bien. Asumir nuestra responsabilidad con nuestro bienestar y nuestra felicidad.

Cada noche piensa en tres cosas buenas que hayan pasado ese día y las razones por las que consideras han sido buenas para ti. Si puedes escribirlas, mejor aún. Regálate un cuaderno donde puedas anotarlas, el “cuaderno de las cosas buenas” (que no siempre son cosas). Hazlo al menos durante 21 días que según la ciencia es lo que tardamos en crear un hábito. Transcurrido ese tiempo, evalúa el resultado, qué impacto ha tenido en ti.

No tenemos el control de lo que ocurre en nuestra vida, lo único que controlamos es nuestra actitud, cómo nos relacionamos y respondemos a aquello que ocurre afuera.  En el mundo exterior a diario se presentan situaciones e imprevistos que escapan a nuestro dominio y comprensión. Sin embargo, tenemos el poder de elegir cómo queremos responder a lo que ocurre afuera. Despierta a ese poder y úsalo. Desde tu observador puedes hacer una pausa y elegir tus acciones o respuestas.  Es importante entrenarnos y practicar para dejar de reaccionar y comenzar a responder como deseas hacerlo. Practica la pausa, regálate tiempo antes de responder. Recuerda que entre el estímulo la respuesta hay un espacio, donde se muestra tu nivel de conciencia y tu capacidad para hacer esa pausa que te permite dejar de reaccionar, para crear tu experiencia de vida a través de tus respuestas, decisiones, acciones.

Ser feliz es un acto de decisión personal, uno elige ser feliz y para ello, el primer paso es retomar la relación con uno mismo: saber quién eres, cómo eres, qué quieres y qué es importante para ti. La relación contigo es la más importante de tu vida, no sólo por el hecho innegable de que eres la única persona que estará contigo por el resto de tu vida, sino porque todo lo que construyas y vivas en ella será lo que puedas entregar y compartir con los demás.

Aquel juego tan extraño.

Esa noche se inauguraba la feria en el pueblo. Desde las primeras horas se sentía el bullicio y entusiasmo para tenerlo todo listo y a tiempo a la hora en que iniciaría la gran fiesta. En un ir y venir incesante, la feria mostraba sus primeras formas. Aparecían los puestos para la comida, se ensamblaban los distintos juegos y así sucesivamente se construía aquel espacio para el disfrute y regocijo de todos. La explanada que servía de escenario a la feria poco a poco mostraba otra apariencia, se llenaba de alegría, música, colores y voces.

En el área de los juegos, frente a uno de ellos, en una construcción pequeña y muy parecida a una casita, se habían reunido varios perros del parque a jugar. Uno de ellos estaba parado frente a la puerta pues antes de entrar le gustaba escuchar lo que comentaban sus amigos que subían y bajaban de los juegos con gran frenesí. Allí estuvo un rato aquel perro, quieto frente al juego de la pequeña casa, viendo como entraban y salían sus amigos, los otros perros y a quienes les preguntaba: ¿Te ha gustado? ¿Cómo es? ¿De qué se trata este juego?

Para su asombro y despertando en él una gran curiosidad asombrosa, no comprendía cómo era posible que recibiera respuestas tan disímiles y extremas de unos y otros perros. Hubo algunos que le dijeron: es lo más divertido que existe, te encuentras a muchos otros perros como tú que te saludan, brincan, se alegran y enseguida comienzan a jugar contigo, ¡¡me encantó!! ¡¡¡No te lo pierdas!!! Y otros perros que salían muy disgustados, le decían: es el peor juego que he conocido en mi vida, todos te ladran, te gritan, te agreden, te dan la espalda, están todos muy enojados allá adentro.

El perro que aún no había entrado al juego no salía de su asombro ante comentarios tan diametralmente opuestos sobre un mismo lugar y una misma experiencia. ¿Cómo era posible que aquello que a unos les resultaba la mayor diversión, para otros había sido lo peor que habían conocido? Movido por el deseo de averiguar qué pasaba allí y buscando satisfacer su curiosidad creciente, quiso probar cuanto antes aquel juego tan intrigante. Al llegar a la entrada, se detuvo a mirar el cartel donde aparecía el nombre del juego. Allí pudo leer: “La casa de los espejos”. Y entonces, lo comprendió todo.

Ocurre con bastante frecuencia que así también es la vida, como un espejo que nos devuelve la cara que le ponemos. Escoge bien que cara le pones a la vida porque es muy probable que sea la misma que te regrese de vuelta. Con nuestra actitud creamos nuestra experiencia de vida y nuestra realidad. Es muy posible que aquello que vemos en los otros también sea nuestro, para bien o para mal. Tal vez y sin darnos cuenta, proyectamos en los otros aquello que negamos o rechazamos de nosotros mismos, nuestros temas no resueltos y que habitan casi siempre en nuestro inconsciente. Del mismo modo, lo que nos gusta en los otros, suele ser aquello que nos complace de nosotros mismos. Se trata de detenernos a observar y reflexionar que tanto de lo que vemos afuera y en los otros es también nuestro, para descubrir cómo son los lentes a través de los cuales miramos la vida y cuanto en ella acontece.

Cuántas veces decidimos de manera categórica y unilateral que el otro está mal, que es su culpa, juzgamos al otro y nos llenamos de excusas para justificar nuestro comportamiento, considerando que el problema son los demás. En esos casos, nos vendría muy bien detenernos a analizar nuestra parte, cómo y cuánto hemos contribuido nosotros a la situación o al conflicto que estamos viviendo.

Entreguemos nuestra mejor cara a la vida, la más amplia de nuestras sonrisas, aquello que deseamos que nos sea entregado de vuelta, lo que deseamos recibir. Y a su vez, procuremos tratar a los otros de la manera en que nos gustaría ser tratados. Y tú, ¿qué cara le pones a la vida?

El arte de sanar: transformando el dolor en conciencia.

Casi todos hemos vivido experiencias dolorosas a partir de las cuales nos ha tocado la ardua y difícil tarea de reinventarnos. Ese momento donde tenemos que recoger los pedazos de aquello que se nos ha roto por dentro para continuar avanzando en el camino de la vida.

Existen situaciones que nos causan profundo dolor y sentirlo así, casi siempre resulta inevitable. Cuando la vida o nuestras decisiones nos han llevado a ese duro y complicado lugar en el camino, ¿qué podemos hacer por nosotros para recuperar nuestro bienestar? Recuerdo esa frase que nos enseña que el dolor es inevitable pero el sufrimiento es opcional. Uno tiene el poder de elegir si desempaca sus maletas y se queda a vivir en los recintos del sufrimiento o, por el contrario, reconoces y aceptas tu dolor, al tiempo que decides continuar avanzando hacia horizontes más amables.

Como casi siempre y casi todo en esta vida, dependerá de dónde decidas poner tu atención, una vez más tienes el poder de elegir. Ante ti se presentan cuando menos dos opciones, entregarte a lo que te hace sufrir o poner tu atención en aquello que te ayuda a estar y a sentirte mejor. Porque donde pones tu atención, crece. Dedícale tu tiempo y energías a aquello que deseas lograr, sentir y atraer a tu vida.

Al mismo tiempo se trata de evitar rechazar o negar lo que estamos sintiendo y viviendo por dentro. Lo más saludable será aceptar ese dolor y cuanto sientes como resultado de esa experiencia, saber que está ahí, dentro de ti y, sin embargo, elegimos levantarnos y seguir, caminando por el sendero que nos conduce a sanar y a recuperarnos. Ese primer paso, es el más importante porque, aunque de momento no te lleve a donde quieres llegar, te saca de donde estabas. Es el inicio de una nueva etapa.

Hace algún tiempo conocí que existe en Japón una técnica de restauración para reparar la cerámica que se rompe en pedazos. Se llama “kintsukuroi” y consiste en componer la vasija que se ha roto uniendo y pegando con oro los pedazos que la conformaban. El resultado es la pieza de cerámica otra vez completa y que a su vez muestra todas sus fisuras, esta vez marcadas y resaltadas por delgadas líneas de oro, lo cual le imprime una belleza única y excepcional. Gracias a esta restauración, lo que eran pedazos rotos se convierte en una obra de arte única e irrepetible, en algo más hermoso y valioso que el original. Cuando supe sobre este arte, me pareció una metáfora muy representativa y delicada sobre el proceso de reparar, sanar y recuperarse de esas situaciones duras y difíciles que a veces nos toca vivir.

De este modo, el dolor se nos presenta como umbral, el punto de partida desde el cual reconocer y comprender que nos hemos desconectado de nuestro Ser. Nos hemos abandonado, perdimos contacto con nosotros mismos, adentro. Como consecuencia de la situación y lo ocurrido, nos hemos desplazado de manera inconsciente, unilateral y casi por completo, hacia nuestro cuerpo emocional o mental, donde se genera gran parte del sufrimiento que nos creamos y nos creemos. Se trata de escuchar dentro de nosotros esa llamada de atención, ese timbre que nos alerta a través de ese punto de dolor. Nuestro cuerpo nos habla, nos envía la señal que necesitamos para despertar, hacer una pausa y regresar a nuestro centro, para conectarnos a nuestro Ser, ese espacio interior donde encontrarás aquello que necesitas y donde restablecer el equilibro perdido, tu paz interior. Desde allí, podremos recuperar nuestro bienestar a través de este camino luminoso de aprendizaje y autoconocimiento. Para aprender y crecer adentro.

A través del proceso de sanar protagonizamos, aún sin darnos cuenta, nuestro renacimiento personal. Esta vez y movidos por las nuevas circunstancias, se nos ofrece la oportunidad descubrir todo aquello de lo que somos capaces, saber de qué estamos hechos y quienes en realidad somos. En nuestra recuperación podemos constatar, muchas veces desde el asombro, la presencia de un ancla interior e innata hacia la salud y el bienestar que nos moviliza y rescata. Aprendemos a reconocer y utilizar todos nuestros recursos, interiores y exteriores, para seguir adelante lo mejor posible. Honrando a la vida y todo lo que ella representa. Asistimos a nuestro proceso de transformación interior, lo cual nos permite evolucionar hacia un nuevo nivel de conciencia y le confiere a lo vivido un valor inigualable.

Ligas y Olas.

Esta historia comienza hace miles de años. Cuenta la leyenda que los hombre venían de Martes y las mujeres de Venus. Un buen día, hombres y mujeres fueron enviados a la Tierra. Después de haber transcurrido todos esos miles de años y como era de esperar, ambos olvidaron su origen pero aún pueden reconocer que son diferentes. Con esta introducción de novela fantástica y mitología planetaria, presentó su libro al mundo hace algunos años un reconocido psicoterapeuta quien basó su teoría en todos los estudios de caso que tuvo la oportunidad de conocer en su consultorio, a través de su experiencia ejerciendo como terapeuta para parejas durante casi toda su carrera profesional.

Como todo aquello que decidimos creer pasa a ser cierto, quiero tomar esta referencia como punto de partida para reconocer las diferencias entre hombre y mujeres, las cuales han sido muy comentadas, avaladas y expuestas en trabajos de todo tipo e investigaciones científicas basadas en estudios neurológicos, estructura del cerebro, conexiones neuronales, composición hormonal y bioquímica que determina las razones por las cuales hombre y mujeres, piensan, sienten, actúan y tienen necesidades diferentes.

Las generalizaciones son injustas porque ponemos a todos en el mismo saco, por eso aunque estas diferencias de género están fundamentadas en estudios de campo, información científica y investigaciones académicas, me gusta dejar un margen a la posibilidad a que no sea siempre así para todos. Estas características expresan de manera general algunas diferencias, lo cual no significa que todos los hombres sean de una manera y todas las mujeres de otra. Algo similar a la estatura de las personas, en promedio la estatura del hombre es superior a la de la mujer, lo cual no significa que todos los hombres sean más altos que las mujeres, porque sabemos que existen mujeres más altas que muchos hombres.

Cada quien podrá reconocer y sentir desde su intuición que tanto de todo esto sobre las diferencias entre hombres y mujeres es cierto, según aquello que resuene dentro de si mismo con su verdad interior y considere válido según su experiencia personal.

Resulta que los hombre son como ligas, en determinadas situaciones y etapas de su vida se alejan de su pareja para experimentar la sensación de libertad que necesitan y para solucionar de manera individual aquel proceso personal que están viviendo en su interior, a veces de manera consiente y otras no. Los hombres buscan ser queridos y aceptados por sus habilidades y estos espacios en solitario les permiten reasegurar, confirmar y fortalecer sus habilidades y capacidades, aquello por lo que quieren ser reconocidos y valorados.

Por su parte, las mujeres son como olas, subimos y bajamos, oscilando en el amplio espectro de los estados emocionales posibles, desde los más luminosos, elevados y positivos hasta aquellos más profundos de dolor, soledad y tristeza. Las mujeres buscan ser queridas por sus sentimientos, por lo que poder expresar y compartir sus sentimientos, es un tema fundamental en su vida de pareja, necesitan ser escuchadas.

Y es así como se establece una dinámica en las relaciones en la cual los hombres manejan la distancia como ligas que se acercan y se alejan, mientras las mujeres suben y bajan en sus estados emocionales como las olas y la marea.

Como parte de esta diferencia, es muy común que cuando se presenta una situación especifica, los hombres lo interpretan como problema a solucionar y las mujeres como un espacio donde poder expresar lo que sienten, donde ser escuchadas como muestra de validación de sus sentimientos y su proceso emocional. Ellos que se identifican con sus habilidades y capacidades, entre estas la de solucionar los problemas, quieren que la conversación sea concreta y enfocada algo en especifico, orientada a solución. Ellas no esperan llegar a ningún otro lugar ni solución, únicamente necesitan ese espacio donde se sienten escuchadas y validados sus sentimientos y estados emocionales, el reconocimientos a lo que están sintiendo. Cada grupo busca ser reconocido de manera diferente.

En esas etapas que los hombre se apartan de la relación para solucionar sus temas o vivir experiencias necesarias para ellos, les molesta la compañía expresada en ayuda o asistencia por parte de su pareja. Quieren estar solos. Las mujeres por el contrario cuando se encuentran en la parte baja de la ola es cuando más necesitan de compañía. La compañía en esta etapa representa el apoyo y la presencia que la mujer desea sentir de su pareja. Ellas no necesitan soluciones porque no ven la situación como un problema si no como un espacio donde compartir y expresar lo que sienten.

Una vez reconocida e identificada esta diferencia en cuanto a cercanías, distancias y oscilaciones es importante que ambos dejen de tomar estas etapas de manera personal. En realidad lo que esta ocurriendo no necesariamente tiene que ver con el otro, si no con lo está viviendo y necesitando cada miembro de la pareja en su interior, en su proceso individual.

Es así que cuando la mujer está en la parte baja de la ola y necesita sentir la presencia, atención y apoyo de su pareja, este en su experiencia como liga interpreta que ella necesita su espacio y su tiempo para estar sola, vivir su proceso por separado y encontrar sus respuestas. Esta lectura basada en la óptica masculina de alejarse genera un sentimiento de soledad y debilita en la mujer la conexión con su pareja, lo cual conduce a que ella se hunda aún más en su estado.

Por su parte, cuando el hombre se aleja para vivir esta etapa en solitario, reasegurar sus habilidades y encontrar soluciones, la mujer en su experiencia de ola intenta acompañarlo, estar más presente, busca que este se comunique, cuente lo que le ocurre para asistirlo en su proceso, lo cual es justamente lo opuesto a lo que el otro necesita, pues se siente invadido en su espacio, coartado en su libertad y puesta en duda su capacidad y habilidades para solucionar cualquiera que sea su tema.

En estas situaciones, la mujer deberá entregar el espacio y el tiempo que el hombre necesita en esa etapa. Lo que normalmente sucede es que una vez que la liga se estiró hasta donde lo necesitaba, regresará a su estado anterior como si nada hubiese sucedido, siendo el mismo de siempre y comportándose de igual manera.

El hombre por su lado deberá darse cuenta cuando su pareja está en la parte baja de la ola para procurarle el apoyo y la compañía que ella necesita, sin darle soluciones ni animarla, pues esto de alguna manera invalida su proceso y demerita su estado emocional, ella sólo necesita ser escuchada para sentirse acompañada. De este modo que el hombre comprenda cuando su pareja está viviendo un proceso interior de esclarecimiento y reacomodo emocional para evitar tomarlo de manera personal y dejar de sentirse criticado o señalado.

Se trata de reconocer las diferencias para tenerlas en cuenta en aras de comprendernos mejor en nuestra relación de pareja. Construir el vínculo poniendo nuestra atención en lo que ocurre dentro y fuera de nosotros, en el otro, para poder vernos y escucharnos, entender cómo somos. Para de este modo crear ese espacio de conexión y encuentro donde la relación que deseamos vivir sea posible.

La atención hace milagros.

Cuando nos preguntan cuál es nuestro recurso más valioso, lo más común es que digamos el tiempo, el dinero, los conocimientos, la información o algún otro. Casi siempre olvidamos tomar en cuenta uno de los recursos más preciado que poseemos: la atención. Su valor no reside en que sea un recurso precisamente escaso, por el contrario, podemos tenerla en la cantidad que así lo deseemos según nos dediquemos a desarrollarla, practicarla y dirigirla hacia nosotros y a los demás. Su valor reside en que muy pocos hemos aprendido a utilizarla para obtener los mejores resultados, aquello que deseamos lograr en nuestra vida y en nuestras relaciones. 

La atención nos permite darnos cuenta de todo aquello que resulta importante en cualquier área de nuestra vida y en nuestras relaciones, poniendo la mirada hacia nosotros y hacia nuestro entorno. Una mirada neutral, sin juicios ni prejuicios, con el propósito sincero de aprender y entender sobre nosotros y los otros, para lograr objetivos en nuestra vida y en nuestras relaciones. Cuando hablo de relaciones me refiero al más amplio espectro de nuestra interacción en cualquier área de la vida: profesional, personal, familiar, de pareja y todas las demás en las cuales participamos.

Cuando diriges la atención hacia ti, fortaleces tu posición como observador para aprender cómo eres, identificar tus pensamientos más comunes y emociones asociadas a estos, identificar cuáles son tus necesidades, validar tus sentimientos, reconocer cuáles son tus creencias, valores, aquello que has asumido, los comportamientos que repites en automático, todo lo que permanece en tu inconsciente y que de muchas maneras determina tu vida y tus decisiones. Mientras más y mejor te conozcas, mejor preparado estarás para tomar decisiones que te conduzcan a lograr aquello que deseas lograr en tu vida.  Porque nuestra vida se construye en base a nuestras decisiones.

Prestar atención a todos estos temas personales te llevará a hacerlos consciente lo cual es el primer y más importante paso para cambiar o modificar aquello que afecta a tu bienestar e impide que logres lo que deseas en cualquier área de tu vida y en tus relaciones. Se trata de convertirte en espectador activo de tu proceso personal en todas sus dimensiones: escuchando a tu cuerpo físico, observando tus pensamientos, reconociendo tus emociones y sentimientos y apreciando lo que acontece en el mundo exterior.

La atención dirigida hacia los otros es el puente sobre el cual se construyen nuestras relaciones. La mejores. Esta se expresa como presencia en muchas maneras, no únicamente física, si no través de la comunicación, la cercanía, el entendimiento sin juzgar, acompañando, apoyando y escuchando. Para poder ver y hacer contacto con el otro. Lo que muchas veces se ha denominado tiempo de calidad que no es otra cosa que el tiempo y la atención que entregas y compartes con aquellos que quieres.

La atención también resulta imprescindible para aprender en el camino de la vida. Las lecciones son variadas, múltiples e ilimitadas y nos son entregadas en todo tipo de presentaciones y envolturas a las que llamamos experiencias. El aprendizaje como parte intrínseca de la evolución personal, al igual que todos aquellos conocimientos y habilidades que aprendemos durante nuestra etapa escolar, requiere que dediquemos toda nuestra atención al proceso y a sus enseñanzas. Cada experiencia que vivimos tiene al menos una lección valiosa e importante para nuestro crecimiento personal.

La buena noticia es que la atención, como la concentración, se practica, se desarrolla y se fortalece para poder utilizarla en nuestra vida diaria, incorporándola a nuestro estilo de vida. La atención es como un músculo. Para desarrollar nuestra capacidad de atención es necesario practicarla y ejercitarla todas las veces que nos sea posible, apartando un tiempo y un espacio del día para esto, comprobando si estamos completamente presentes en cualquier actividad que realizamos por más sencilla y rutinaria que nos parezca y en especial, cuando estamos en compañía de otras personas. Comprobar que estamos completamente presentes en el aquí y el ahora, identificando dónde hemos puesto nuestra atención en ese momento.

Se trata de observar para decidir dónde pones tu atención según aquello que deseas lograr en tu vida y en tus relaciones, porque donde pones tu atención crece. Dedica tu atención a aquello que deseas que exista, crezca y permanezca en tu vida. 

Nuestra atención, expresada en presencia, es el mejor regalo que podemos entregar a quienes queremos en nuestra vida. A través de la atención que entregamos al otro se construye, fortalece y se hace real el vínculo en nuestras relaciones.

Parte inseparable de nuestra esencia humana la constituye la necesidad de conexión. Esta se realiza y expresa a través de la atención entregada a nosotros y a nuestras relaciones. La atención viaja en ambas direcciones, hacia nuestro interior y hacia nuestro entorno.  Es el recurso más valioso con que contamos para hacer esta conexión posible y real, el puente para comunicarnos y construir un mejor vínculo: la relación profunda y verdadera con nosotros y con todos aquellos que queremos.

¿Por qué sufrimos?

Todo aquello que no somos capaces de aceptar es la principal fuente de nuestro sufrimiento. Nos peleamos con la realidad, ponemos resistencia y comenzamos a pasarla mal. Los hechos por lo general son neutros. Son nuestras interpretaciones a lo que ocurre fuera lo que nos provocan malestar, sufrimiento o insatisfacción. Resulta importante poder separar la interpretación de los hechos, de lo sucedido. No se trata de negar lo que ha sucedido si no de evitar que esto tenga un efecto emocional negativo en nuestro bienestar e impedir que pueda sabotear nuestra felicidad.

El sufrimiento es opcional porque uno tiene el poder de elegir aquello que quiere creer, uno decide a cuál pensamiento se ata y dónde pone su atención. Es cierto que en muchas ocasiones esta decisión es completamente inconsciente por lo que se trata de hacerla consciente, de darnos cuenta para identificar aquel pensamiento que hemos decidido creernos y que nos provoca la emoción que sentimos. Cada emoción que experimentamos es provocada por un pensamiento asociado a esta. Sucede que los pensamientos viajan demasiado rápido y casi nunca solos, por lo que resulta difícil reconocerlos e identificar cuál es el pensamiento específico que nos provoca determinada emoción.

El primer paso para dejar ir a los pensamientos que nos hacen sentir mal es darnos cuenta, reconociendo la historia que nos hemos decidido creer. Hacer consciente el cuento que me cuento. Como historia me refiero a la secuencia de pensamientos asociados a esa situación, persona o relación. Se trata de identificar cuál es el o los pensamientos que decidimos creernos y que nos habla a través de nuestro sufrimiento.

Una vez que hayamos identificado cuál es el pensamiento que nos provoca la emoción que sentimos, la interpretación que asumimos como cierta y qué resulta la causa de nuestro malestar, lo siguiente será comenzar a cuestionarlo: ¿Es esto verdad? ¿Es este pensamiento cierto? ¿Cómo puedo estar completamente segura de que ese pensamiento es cierto? ¿Cómo reacciono, qué pasa cuando creo en ese pensamiento? ¿Cómo me comporto, cómo trato al otro o los otros cuando creo en ese pensamiento? ¿Cómo sería yo sin ese pensamiento? ¿Cómo sería este momento sin ese pensamiento? ¿Dónde quiero poner mi atención? Son algunas de las preguntas que podemos hacernos es este proceso de cuestionarnos aquello que decidimos creer que nos hace daño y por lo cual sufrimos.

Se trata de observar nuestros pensamientos sin identificarnos con ellos, simplemente reconocer aquel o aquellos pensamientos que nos provocan sufrimiento para cuestionarlos, aprender de ellos y dejarlos ir. De este modo ya no tendrán mayor impacto en nuestro bienestar. Es cuando elegimos creemos un pensamiento desfavorable lo que nos lleva a sentirnos mal, es ahí cuando inicia nuestro peregrinar hacia el sufrimiento.

Las expectativas y el apego suelen estar casi siempre asociados a las interpretaciones y pensamientos que generan gran parte de nuestro sufrimiento. Nuestras expectativas representan aquello que nos gustaría, ese ideal que esperamos y deseamos ocurra. Nuestro sufrimiento es directamente proporcional al nivel de nuestras expectativas. Mientras mayor sea el espacio entre nuestra idealización y la realidad, mayor será la cuota de sufrimiento, porque participamos de la vida desde un ideal que evidentemente no coincide con la realidad. Acá es donde resulta imprescindible practicar la aceptación como un proceso activo, para tener un enfoque objetivo y sacar el mejor provecho de la realidad, dejar de pelearnos con ella para encontrar la manera de estar lo mejor posible.

El apego es el resultado de relacionarnos desde la carencia. Intentamos llenar nuestros vacíos desde el exterior. De este modo y sin darnos cuenta, vivimos con el miedo permanente a perder aquello que hemos creído es la fuente de nuestro bienestar. Y acá llegamos al cuento del gato que se muerde la cola porque relacionarnos desde el miedo y la necesidad nos genera dependencia y mayor infelicidad. Todos tenemos vacíos y se trata de aprender a gestionarlos desde nuestro interior, llenándolos de nosotros mismos, reconociendo que tenemos el poder de elegir cómo queremos vivir.

Otras de las maneras más rápidas y efectivas para pasarla mal es compararnos y quejarnos, por la sencilla razón que estamos poniendo nuestra atención en lo que nos falta, en aquello que no está o que se presenta de manera diferente a cómo nos gustaría y deseamos que fuera. Las comparaciones son odiosas e injustas porque casi siempre comparamos el pedacito luminoso y deseable que podemos percibir de los otros, con todo lo que no nos gusta o quisiéramos fuese diferente en nosotros o en nuestra vida. Comparamos peras con manzanas por lo que casi siempre salimos perdiendo. Damos una interpretación equivocada a la realidad y ponemos nuestra atención en aquella parte que no nos satisface, aquella situación o relación que se presenta distinta a como quisiéramos o nos gustaría que fuera.

A su vez, resulta imprescindible aprender a transitar nuestras emociones. Observarnos, reconocerlas, identificar y cuestionar el pensamiento que nos provoca esa emoción, aprender de ella para liberarla, dejarla ir. Las emociones son mensajeros que nos viene a enseñar algo valioso y necesario para nuestra evolución hacia un nuevo nivel de conciencia. Cuando nos damos el permiso de sentir y transitar nuestras emociones, podemos llegar al origen de nuestro sufrimiento, de nuestra herida, para aprender las lecciones de vida importantes para nosotros que están ahí, en nuestro núcleo de sabiduría.

Otra manera rápida y efectiva para dejar de sufrir es conectarnos con el momento presente y comenzar a agradecer por todo lo que forma parte de nuestra vida. En el momento que ponemos toda nuestra atención en el ahora y en la gratitud, nos conectamos a nuestra esencia, entramos en un espacio interior de paz que nos produce bienestar. Todos los pensamientos, emociones y acciones que surjan desde este estado, tendrán un efecto positivo, nos conducirán a un mayor nivel de conciencia y de autoconocimiento en el camino hacia nuestro crecimiento personal.

En lo profundo de nuestras heridas se encuentran las lecciones que necesitamos aprender, el espacio de conciencia y la energía que requerimos para seguir avanzando en el camino de la vida. Todos podemos practicar la pausa para transitar nuestras emociones. El sufrimiento sólo habita en nosotros cuando no nos cuestionamos aquello que decidimos creernos y que nos hace daño. Son las interpretaciones desfavorables que damos a lo que ocurre en nuestro entorno lo que origina la emoción que experimentamos. Se trata de identificar aquel pensamiento que nos provoca sufrimiento para cuestionarlo y aprender la lección que nos viene a enseñar, para crecer y sanar desde adentro. Para dejarlo ir…como a las nubes en el cielo.

El desapego desde el amor.

A veces pasamos buena parte de nuestro tiempo peleándonos con la realidad cuando se trata de ciertas personas y situaciones en nuestra vida. Nos desgastamos intentando que alguien nos ame de determinada manera cuando esta persona no puede hacer otra cosa que amarnos a través de la persona que es. Al final o desde el principio, cada uno ama según su tipo de personalidad que determina cómo interpreta la realidad, piensa, siente y actúa. Sabemos cuánta frustración, enojo y dolor nos produce esperar algo de alguien que sencillamente no te lo puede dar.

Cuando las personas que amamos actúan y se comportan de manera diferente a cómo quisiéramos o nos gustaría, casi siempre reaccionamos desde nuestra frustración, dolor y enojo ante esta situación. El otro también reacciona movido por sentimientos similares, el problema crece y el conflicto se hace cada vez mayor. Nos consumimos y agotamos en el drama.

Este es el momento para comenzar a practicar el desapego. Eso no significa que dejemos de querer a esa persona, si no que hemos comenzado a mirar y aceptar la realidad tal y cómo es, no como nos gustaría que fuese.  Le permitimos a esa persona ser quien realmente es y dejamos de desgastarnos en el intento infructuoso de que sea alguien diferente.

Validamos nuestros sentimientos e iniciamos los primeros pasos en el camino del desapego para dejar de participar de una dinámica que nos produce infelicidad y mucho dolor.  Se trata de aprender a amar y a relacionarnos con los otros tomando en cuenta la realidad y aceptando cómo es la otra persona. Los otros casi siempre nos dicen cómo son, somos nosotros los que nos empeñamos en no verlo. A través de sus decisiones, comentarios, acciones, respuestas, cómo nos tratan y cómo se comportan en la relación, los otros nos están diciendo cómo son y qué quieren, se están definiendo a ellos mismos y esto nada tiene que ver con quién o cómo eres tú. Cómo son los otros es algo que no depende de ti. Intentar que el otro cambie es un desgaste inútil porque no tenemos ese poder. Las personas cambian, pero nadie cambia por otro. Cambiar es un acto de decisión personal.

En el proceso de desapego desde el amor se abre la oportunidad de replantearnos nuestras relaciones sobre nuevas bases, tomando en cuenta quiénes somos, cómo somos, cuáles son nuestras necesidades y lo que queremos, redefiniendo que es importante para nosotros en la relación, abriendo nuestras manos para dejar ir y dejar ser. Se trata de regresar la atención hacia uno mismo para restablecer el vínculo contigo y reducir el impacto emocional que nos producen las acciones de los otros, para lograr que te afecte cada vez menos, para construir una dinámica más sana donde tu bienestar y felicidad dependa principalmente de ti mismo.

De este modo, asumimos la responsabilidad con nosotros de querernos, atendernos y cuidarnos. Le entregamos al otro la libertad y la posibilidad de ser quien es del mismo modo que recibimos nuestra libertad y nuestra vida de vuelta. Podemos decidir qué tipo de relación queremos establecer y cómo vamos a participar en ella, tomando en cuenta la realidad y todo aquello qué es importante para nosotros.

En el proceso de desapego validamos nuestros sentimientos y reconocemos que detrás del apego está el miedo. Miedo a la separación, a la pérdida, a sentirnos solos, a contactar con nuestro vacío interior y demás, lo cual nos hace sentir ansiosos, depender y necesitar al otro. Para comprender nuestros miedos y llenar nuestro vacío, es importante comenzar a confiar en nosotros mismos, desarrollar el amor propio y entender que en esta vida todo es temporal, lo cual me conduce a apreciar y disfrutar el presente y todo lo que tengo, con la certeza de que dada esta dinámica de temporalidad todo circula y nada se termina, solamente se trasforma. Cada uno tiene su camino y somos compañeros de ruta por lo que dure el trayecto.

En el camino hacia el desapego asumimos nuestra responsabilidad con nuestro bienestar atendiendo a nuestras necesidades afectivas y emocionales, participando en las diferentes áreas de nuestra vida donde existen otras fuentes de bienestar y cariño. Aceptamos la realidad y cómo es el otro porque aquello que no somos capaces de aceptar es la fuente primaria de nuestro sufrimiento. Buscamos llegar a ese espacio de compasión y gratitud donde dejamos ser al otro, al mismo tiempo que nos liberamos a nosotros mismos de toda la energía negativa inherente a la situación.

No somos responsable de lo que hacen y deciden los demás. Si la otra persona le dedica la mayor parte de su tiempo y atención al trabajo, a sus amigos, a su familia, a cierto hobby, a su grupo religioso, a su negatividad, a su necesidad de control, a su insatisfacción permanente, a algún tipo de adicción, a su inseguridad o cualquiera que sea el tema en su vida; sacamos nuestras manos y nuestros corazones de allí. Tomamos distancia emocional para apartarnos de esa dinámica practicando el desapego, nos apartamos emocionalmente para hacernos responsables de nuestro proceso. Elegimos una manera más sana de relacionarnos con la realidad.

Al principio, la idea del desapego puede resultarnos cuestionable y difícil de aceptar porque podría interpretarse como que el otro o los otros no nos importan. Hemos vivido toda una vida y hasta hoy, en la creencia errónea de que, a través de nuestra conducta apegada y dependiente, centrada en el otro y sintiéndonos responsables de su bienestar, demostramos cuánto amamos y cuánto nos importan los demás. Hemos confundido apoyar, ayudar, escuchar y acompañar con sentirnos responsables y hacernos cargo de la felicidad o infelicidad del otro. Hemos construido nuestras relaciones a partir de la creencia equivocada de que es mi responsabilidad que los otros estén bien, y por tanto soy responsable del estado de la relación.

Amar sin depender significa que queremos y nos importa mucho: los otros, nosotros y la relación, por lo que deseamos lograr que esta resulte lo más saludable posible para ambas partes. Porque cuando uno depende, ya no elige y cuando no tienes la posibilidad de elegir, no hay libertad y sin libertad no puede haber amor.

Aceptamos nuestra dependencia emocional porque dentro de nosotros vive el niño o la niña que alguna vez y por muchos años fuimos y nuestro niño es dependiente porque es un niño y esa es su naturaleza. El camino del desapego implica reconocer y aceptar nuestra dependencia para encontrar los caminos y las maneras de ocuparnos de ella, para satisfacer y procurarnos aquello que necesitamos y queremos desde la persona que soy hoy.  Desarrollar eso que se conoce como pareja interna, donde elijo a ocuparme de mi y mis necesidades practicando el amor propio.

La esencia del desapego desde el amor consiste en amar a los otros y en amarte también a ti. En griego amar se dice agapi que significa “dejar ser”. El desapego como acto de amor es justo esto, dejar ser al otro al mismo tiempo que nos permitimos ser a nosotros mismos, incluyéndonos en el amor.

De muchas maneras…

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A Santiago Feliú quien se nos ha adelantado. Te vamos a extrañar porque siempre nos hará falta la magia de tus canciones y la fuerza de tu guitarra para creer en lo imposible, alimentar los sueños y sostenernos en la esperanza…

“De muchas maneras”

No te dejo ir

te quedas aquí, conmigo

… para siempre…

Viviendo en mí cada vez que la emoción me moviliza

Poniendo todas tus velas en el altar de mis sentimientos

Abrazando la locura por instinto

Desafiando los extremos para pintarlo todo de matices

Besando lo que no alcanzo a explicar y sólo logro entender a través del mundo mágico de los sentidos

Existiendo desde el alma, en el universo personal de todos mis sueños

Cuando vuelvo a sentirme adolescente y me descubro y me asombro y me olvido

Cuando el corazón se me llena de llantos y de cantos

En el silencio profundo de las palabras que no digo

En la ilusión y el amor que entrego al mar

En las alas, en el vuelo y en tu cielo

Celebrando la vida… que nos cantas

porque no hay otra fantasía más sagrada que vivir.

Perdonar a los otros para liberarse uno mismo.

Recuerdo aquella historia en la que dos viejos amigos se reúnen después de varios años sin verse cuando uno de ellos se entera con profundo pesar que su amigo está muy enfermo, en fase terminal. Al conocer sobre la gravedad de su amigo, el otro decide ir a visitarlo cuanto antes para pasar un rato juntos y hacerle compañía. Es así como durante la visita los dos amigos recuerdan anécdotas del pasado, conversan sobre su vida de entonces y los eventos en lo que se forjó su amistad.

En este recuento de sus vidas, rememoraban cuando se conocieron hace ya muchos años en una cárcel, siendo ambos prisioneros de guerra. Después de una larga pausa reflexionando sobre el tiempo que compartieron en prisión, el amigo le pregunta al enfermo: ¿Y tú, ya los perdonaste? A lo que el otro responde con todo el peso de su dolor y enojo: No, nunca los voy a perdonar. Al escuchar la respuesta del enfermo, su amigo con profunda tristeza le contesta: Entonces todavía te tienen prisionero.

El perdón es el mejor regalo que podemos hacernos a nosotros mismo en esta vida. Es el camino para sanar y liberarnos de aquello que nos causa dolor y nos impide ser felices. Perdonamos porque nos lo merecemos y queremos ser libres, más allá de los otros y del pasado, deseamos sanar nuestras heridas para vivir a plenitud nuestro presente, sin lastres. Nos concedemos la libertad para dejar de estar atados a un pasado, situación o personas que nos producen sufrimiento e infelicidad. Perdonar es un acto de amor propio donde decidimos dejar ir aquella experiencia del pasado que afecta nuestro bienestar.

Cuando perdonamos esto no significa que aprobemos o estemos de acuerdo con lo sucedido, que validemos las acciones de los otros; si no que comprendemos y aceptamos lo ocurrido y elegimos quedarnos con lo más valioso de la experiencia que serán siempre sus lecciones. Dejamos de esforzarnos por tener un mejor pasado y decidimos aprender de lo vivido. Capitalizar la experiencia.

A través del acto de perdonar podemos salir de este atolladero emocional que nos ancla al pasado, para comenzar a vivir nuestra vida entregando toda nuestra atención y energía al presente, para dejar de estar prisioneros y limitados por lo ocurrido. Dejamos de entregarle a los otros y al pasado el poder de influir para mal nuestra vida, arruinar nuestro presente y contaminar nuestra alma.

Del mismo modo que no pondrías ni un gramo de veneno en tu comida, no permitas que el rencor y el resentimiento envenenen tu alma.

Perdonar sólo depende de ti, de que tú quieras hacerlo. Es algo que sólo tú puedes hacer por ti.  Se trata de ofrecer el perdón a todo aquello que haya causado dolor y sufrimiento, con la profunda convicción que tanto nosotros como los otros y las circunstancias, hemos sido instrumentos, el medio y canal, a través del cual son entregadas y recibidas aquellas lecciones importantes y necesarias para nuestro crecimiento personal.

Perdona y perdónate porque todos estamos evolucionando y evolucionar trae implícito equivocarse. Perdonar es algo que hacemos por nuestro bienestar, por nosotros y para nosotros.  Es primero que todo, un gran acto de amor propio y si en el proceso resulta que le puede servir o beneficiar a alguien más, entonces será dos veces bueno.

La vida que tú elijas.

Nuestras acciones son el puente que conectan nuestros sueños con la realidad. Es a través de aquello que hacemos que podemos realizar y vivir lo que deseamos en esta vida y en este mundo. Nuestras acciones definen el camino para llegar a donde queremos estar en cuerpo y alma.  Cualquiera que sea la meta en tu vida, llegarás allí a través de lo que hagas en el momento presente.  Son tus acciones las que te llevaran a lograr aquello que deseas.  Cuando digo acciones, considero un muy amplio espectro de estas que va desde el Hacer más concreto y físico, hasta el Ser más introspectivo y espiritual. Tus acciones estarán dirigidas hacia aquellos espacios en ti y de tu vida en los que quieras crecer, cambiar, avanzar, aprender y compartir. Para encontrar el deseado equilibrio entre Ser y Hacer.

Tus pensamientos son muy importantes porque constituyen el detonador de tus acciones y los responsables directos de cada una de tus emociones y tu proceder. Detrás de cada emoción hay un pensamiento que la provoca, sólo que estos viajan tan de prisa y son tan poco explícitos, que nos cuesta trabajo reconocerlos e identificarlos. Los pensamientos juegan un papel fundamental en la realidad que nos creamos; escoge los buenos, los mejores, aquellos que te permitan avanzar en la dirección que elijas, para alcanzar y realizar aquello que deseas lograr en tu vida. Los pensamientos condicionan nuestra actitud para recorrer el camino de la vida, rigen nuestro sentir y nuestra conducta en cada situación. Recuerda que la calidad de tus pensamientos determina la calidad de tu vida.

Del mismo modo que el camino más corto hacia la felicidad es la gratitud, el camino más corto y directo para sentirnos muy infelices es quejarnos, compararnos y asumir el papel de víctima de las circunstancias y/o con los que nos rodean. En realidad, las cosas no “te” pasan, las cosas pasan, uno decide cómo interpretarlo y a partir de ahí eliges tu respuesta, cómo te vas a relacionar con lo sucedido. Las situaciones se nos presentan como una escuela para nuestro aprendizaje y crecimiento personal, para que salga a la luz lo mejor de nosotros mismos. Para superar asignaturas pendientes en el camino de la vida. Nos ofrecen la oportunidad de reconocer y utilizar todos nuestros talentos, capacidades y recursos interiores para encontrar soluciones y lograr lo que deseamos.

Se trata de darse cuenta, para cambiar la actitud de juzgar, quejarnos y compararnos por la de aprender de la situación, de la relación, de las personas y de nuestras circunstancias. Dejar de lamentarnos y encontrar otra manera de mirar la realidad para aprender de ella, para quedarnos con lo más valioso detrás de cada experiencia: la lección que nos regala.

Nuestra vida se construye en base a las decisiones que hemos ido tomando a lo largo del camino. Porque siempre elegimos, aun cuando no lo hacemos también estamos eligiendo. Es cierto que no todas nuestras decisiones son o han sido conscientes y que no haya sido no significa que no pueda ser. Se trata de hacer del proceso de toma de decisiones un acto consciente para regresar a ti el poder de elegir tus respuestas y tu actitud, la manera en que te relacionas con la realidad. Para dejar de reaccionar y comenzar a responder practicando la pausa, ese espacio de sabiduría que media entre lo que ocurre afuera y cómo respondemos.

Aquello que no queremos aceptar es nuestra principal causa de sufrimiento. Aceptar la realidad no significa resignarse. Resignarse es una actitud conformista y pasiva que alimenta el resentimiento y la desesperanza. La aceptación es dejar de pelearnos con la realidad para sacar el mejor provecho de la situación incluso cuando no estemos de acuerdo, ni aprobemos lo sucedido. Es la capacidad de aprender de la experiencia, la relación y tus circunstancias para evolucionar hacia un nuevo nivel de conciencia e implica un arduo trabajo personal, de mucha voluntad y compromiso con nuestro bienestar. Lo más fácil es resignarse pues es un acto pasivo que no representa ningún esfuerzo, me victimizo o busco culpables afuera o las dos cosas; mientras que la aceptación implica asumir nuestra responsabilidad para desarrollar la resiliencia, aprender, crecer y sacar el mejor provecho de la realidad.

Resulta decisivo para crear nuestra mejor experiencia de vida, conectarse con uno mismo adentro, con ese espacio de paz, luz y amor dentro de ti, tu esencia, tu verdadera naturaleza que además te vincula con aquello en lo que crees.  En tu Ser se encuentra la esencia de vida y energía que unifica y conecta a todo lo que existe en el universo.  Esa conexión profunda e interior con nuestro centro y esencia, será lo que nos permita trascender para formar parte de todo, para vivir y actuar desde tu verdadero Ser de paz, amor, luz y sabiduría. Para crear la vida que tú elijas.