Finales y comienzos.

Las relaciones casi siempre se terminan un tiempo antes de que alguno de los dos que conforman la pareja sea quien lo diga. A su vez, no siempre a quien le toca decirlo es la parte que ha decidido terminar la relación, si no quien se ha visto obligado a expresarlo dado que el otro de manera pasiva lo ha conducido por ese camino tortuoso en el que ya uno no puede más con la situación de infelicidad que está viviendo. Siempre estamos comunicando, aun sin decir una palabra. Hablamos a través de nuestras acciones o por la falta de estas.

A raíz de la separación, comienza un período de transformación interior para adecuarnos a la nueva realidad. Recuerda que los principios casi siempre llegan disfrazados de finales.

Lo que nadie nos dice después de una separación es que vas a vivir una etapa muy dura y difícil, donde para ser feliz hay que obligarse, tendrás que realizar un esfuerzo deliberado y consciente para intentar estar bien. Es como cuando tenemos que pasar un largo periodo de recuperación a consecuencia de una enfermedad y tenemos que obligarnos para hacer la terapia física y la tanda ejercicios que nos han recetado, para poder recuperar completamente la movilidad o sentirnos como antes. La enfermedad de la cual hay que recuperase en esta ocasión se llama desamor, es devastadora y asola al corazón.

Al principio es posible que tengamos nuestra percepción distorsionada y recordemos nuestro pasado, la relación y al otro como algo muy lindo, casi perfecto y maravilloso. No te engañes. El otro es real y por tanto de seguro hay más de una manera de comportarse o algunos rasgos de su personalidad que en realidad no te gustaban. Lo que extrañas es la sensación de ser amado, el estar en pareja, la rutina creada entre los dos y lo que duele es el vacío. Por tanto asocias el vacío con la persona que antes estaba ahí.

La buena noticia es que vas a salir de esta. Y créelo porque es así. Se trata ahora de poner tu energía y toda tu atención en tu proceso personal para recuperar la autoestima, tu integridad, capitalizar la experiencia aprendiendo del pasado y caminar hacia el futuro. Comenzar a ocuparte de ti, hacer consiente tus necesidades y encargarte de satisfacerlas. Iniciar el camino de la autodependencia.

En esta etapa de recuperación, comienza por hacer cosas que te gusten, actividades placenteras, comparte con tus amigos. Identifica las diferentes áreas que conforman tu vida y comienza a participar de ellas buscando satisfacer en cada una alguna de tus necesidades. Fortalece tu observador para darte cuenta cuando tus pensamientos te llevan de regreso al pasado, cancela los pensamientos negativos y evita mirar hacia atrás.

En esta etapa pueden ocurrir dos cosas. La primera es que intentes demostrarle al otro que te estas recuperando. No lo hagas, eso es mirar hacia atrás. Aunque sea para que el otro vea que estas bien, le estas dando importancia a lo que él o ella piensa de ti y eso ya no te debe interesar. Mira hacia adelante.

Lo segundo que pudiera suceder es que el otro quiera volver. Acá tienes que saber que no es que de repente y por arte de magia el otro se ha vuelto a enamorar de ti, lo que sucede es que también esta sintiendo el vacío y lo relaciona contigo. Busca su alimento afectivo donde lo encontraba antes. Las personas se quieren a partir de lo que conocen del otro, lo que comparten, el tiempo de convivencia, presencia, cariño, atenciones. El amor no crece desde la ausencia y la separación, lo que intenta evitar es el vacío y es muy probable que por eso el otro se ha acercado otra vez.

Es importante que retomes tu vida sin depender de alguien más para ser feliz. Una vez que hayas sanado, será el momento de considerar si el otro posee las cualidades, tipo de personalidad y manera de mirar la vida que para ti son importantes en la persona que deseas sea tu compañero de viaje para la vida.

Sanar es una elección que solo depende de ti, a partir de comprender y vivir nuestro duelo. Se ha cerrado una etapa de tu vida e inicia otra. De ti depende como quieres que sea y ponerte a trabajar para construirla.

Primero lo primero: dos enfoques en el inicio de la relación de pareja.

Casi todos tenemos un ideal amoroso, lo sepamos o no, seamos conscientes del mismo o por el contrario este se encuentre deambulando aún por los recintos ocultos de nuestro inconsciente. La diferencia de hacerlo consiente reside en que dejamos de actuar en automático, evitamos que el inconsciente mande y por lo mismo qué determine nuestro comportamiento. De este modo, comenzamos nosotros a decidir qué, cómo y cuándo actuar; elegimos nuestra conducta, acciones y respuestas. Ejercemos así nuestra libertad y derecho a ser, decidir y actuar, tomando en cuenta aquello que queremos.

Este ideal amoroso expresa todo aquello que nos gustaría vivir, sentir, experimentar, lo que es importante para nosotros en nuestra relación de pareja. Representa el fin o propósito final que deseamos alcanzar en el amor.

Durante la etapa inicial de una relación amorosa, suelen aparecer dos maneras de abordar la misma. La primera es considerar desde el primer instante que esa persona será con quien realizaremos nuestro ideal amoroso, y la segunda es tomarnos el tiempo que sea necesario para conocer al otro y de este modo saber si es o no, la persona con quien será posible realizar nuestra idea del amor.

En el primer caso iniciamos la relación idealizando casi por completo al otro y la relación, ponemos casi toda nuestra atención en realizar nuestro ideal amoroso sin alcanzar a ver a la persona real, y con la cual estamos participando de la relación. Suele ocurrir que por más energía que le entregamos a nuestra idealización, la realidad termina por imponerse. Y es en ese momento cuando nos damos cuenta que nos encontramos a mitad de camino entre la relación que deseamos tener, basada en nuestro ideal amoroso y la relación que en realidad tenemos.

La distancia y espacio entre ambas, se nos llena de tristeza e insatisfacción, sin darnos cuenta comenzamos a pelearnos con la realidad, a intentar cambiar algo que no depende de nosotros, porque cada quien se relaciona a través de la persona que es. Nadie cambia por otro, para cambiar hay que querer cambiar y esa es una decisión que sólo puede tomar uno mismo, de manera personal e intransferible. Una relación es de dos, no importa cuanto te desvivas, ningún puente se sostiene de un sólo lado.

Cuando comenzamos nuestra relación por el final, es decir intentando contra viento y marea realizar nuestro ideal amoroso sin conocer al otro, nos deslizamos sin darnos cuenta hacia un espiral descendente de desilusión y frustraciones cada vez que el otro desde su real y a través de sus acciones o por la falta de las mismas, se distancia de nuestro ideal amoroso. Esta separación entre la relación que quiero tener, lo que es importante para mí vivir en ella y la relación real en la que estoy, es fuente de muchas insatisfacciones y sufrimiento.

La segunda manera de iniciar la relación de pareja es comenzar la misma dedicando todo el tiempo que sea necesario para conocer al otro, para saber cómo es, observando y relacionándonos con el real. Hacer una pausa para poder ver al otro. Las personas se conocen por sus acciones y los otros casi siempre nos dicen cómo son. Se trata de detenernos a observar, con el deseo genuino de ver la realidad, para en base a esto saber si con esta persona es posible realizar mi ideal amoroso, crear la relación que quiero vivir.

Cada quien podrá hacer un recorrido por su historia sentimental y reconocer cuál de las dos manera de iniciar una relación de pareja hemos actuado y a partir de ahora ser consciente de qué queremos y cómo hacer para lograrlo. Comenzar por el principio significa darnos tiempo para conocer al otro. Para eso es son los primeros dos años de una relación, para conocerse y saber si esta es la persona con la que será posible construir el vínculo de amor que deseo vivir en mi relación de pareja.

Darse cuenta es el primer paso para cambiar. Tomando en cuenta esa frase tan sabia que nos recuerda, no esperes resultados diferentes si sigues haciendo lo mismo. Es ahora el momento para ser consciente si decidimos realizar nuestro ideal amoroso desde el instante primero en que nos sentimos atraídos por alguien, o por el contrario te regalas el tiempo que consideres necesario para conocer al otro. Sólo entonces sabrás si es posible o no realizar tu ideal amoroso con esa persona. A esta conclusión se llega de manera progresiva y representa la evolución natural de una relación.

Esa luz al final del túnel: superar la dependencia emocional.

Podemos considerar que tenemos una condición dependiente cuando nuestro bienestar está determinado por la presencia de otra persona en nuestra vida. Esta condición surge como resultado de creer que para estar y sentirnos bien necesitamos de esa persona y por lo tanto sólo seremos felices si estamos con él o ella. Podemos llegar a tal grado, de estar completamente convencidos de que sin esa persona no podremos vivir, cuando la realidad es que, si podemos y más aún, debemos, por salud mental y emocional, apelando al sentido más básico de supervivencia y amor propio.

Cuando tu bienestar o felicidad está condicionado por la presencia de otra persona o una relación, tal vez sea el momento de darse cuenta de que estás desarrollando un trastorno dependiente. Esto no es algo fácil de reconocer y está en tus manos pasar de ser una persona emocionalmente dependiente a convertirte en una persona emocionalmente responsable de tu vida y tu felicidad.

El comportamiento dependiente tiene su origen en la infancia. Los niños son dependientes por naturaleza. Necesitan del amor, cuidado, presencia y atención de un adulto que se ocupe de ellos para su supervivencia, bienestar y desarrollo. Ese estado dependiente que vivimos durante la infancia es posible que aún se manifieste en nosotros bajo determinadas circunstancias y con algunas personas, en especial con nuestra pareja. La buena noticia es que afortunadamente ese niño dependiente que alguna vez fuimos cuenta hoy con el adulto que eres tú ahora, quien podrá hacerse cargo de atender y satisfacer sus necesidades emocionales y afectivas, lo cual además de ser un privilegio, constituye el primer paso para lograr que tu bienestar dependa de ti.

La dependencia emocional en adultos está considerada como un tipo de adicción, de las denominadas adicciones sin sustancias. Sus características son similares a las de cualquier otro tipo de adicción, por lo que para poder superar esta condición se recomiendan métodos similares al manejo de adicciones. Hay personas que nos disparan la propensión a desarrollar este comportamiento. Lo que seguramente alguna vez habrás escuchado como “alguien que saca lo peor de mí”. Al hacerlo, esta persona te está mostrando aquella parte tuya que aún debes sanar, esa asignatura pendiente en la escuela de la vida que debemos superar para nuestra evolución y crecimiento personal.

Cuando estamos en una relación de dependencia nos llenamos de miedos e inseguridades, comenzamos a vivir una versión insana y desconocida de nosotros mismos que nos provoca angustias, ansiedad y alta dosis de sufrimiento. Vivimos en una montaña rusa con picos emocionales donde pasamos de sentirnos eufóricos y felices, a un estado de profunda frustración, temor y enojo. Estos picos emocionales acentúan y favorecen el comportamiento dependiente pues mantienen viva la ilusión de que el otro va a cambiar, motivados por recuerdo de cómo nos sentimos cuando estamos super felices en la cresta de la ola. Pero no sucede así, la ola baja y nosotros junto con ella, otra vez vuelta a empezar en ese ciclo dependiente que tiene un costo emocional demasiado alto. La vida es muy corta y valiosa para ser otra cosa que no sea felices. Procuremos que nuestras relaciones sean un espacio para crecer y compartir, donde podamos vivenciar nuestra mejor versión, aquellas cualidades que más nos gustan de nosotros mismos y cómo deseamos ser.

Se necesita ser valiente para reconocer la dependencia emocional y hacer cuanto sea necesario para superarla, para tomar el control de nuestra vida y sentir que somos libres de la carga tan dura de depender de alguien más para ser felices.

Lo primero es darse cuenta. Hacer consciente nuestro comportamiento dependiente para poder cambiar. Un indicador simple y efectivo para reconocer la dependencia emocional, es cuando podríamos describir nuestra relación con la frase: mal contigo y peor sin ti. Puedes reconocer que no eres feliz en esa relación, todo el sufrimiento que te ocasiona y, sin embargo, hay algo que no comprendes y que pareciera ser más fuerte que uno mismo que te impide terminarla. Se trata de comprender el origen del comportamiento dependiente y cuestionarnos el pensamiento o creencia errónea que lo origina. ¿Qué te hace creer que tu bienestar o supervivencia depende de alguien más? ¿Es esto cierto? ¿Qué pasa cuando decides creer este pensamiento? ¿Cómo serías tú sin ese pensamiento? ¿Cuál es el enganche?  ¿Cómo te quieres sentir?  ¿Qué puedes hacer que dependa de ti para estar bien?

Para tomar conciencia, es decir, darnos cuenta de lo que ocurre en nosotros y afuera, debemos fortalecer nuestro observador e identificar el pensamiento o creencia que está provocando lo que sientes, en especial cuando esta emoción tiene un impacto negativo en tu bienestar.

Es importante evitar actuar desde nuestro cuerpo emocional pues este siempre reacciona, porque esa es su naturaleza. Es muy probable que las acciones originadas desde la emoción que nos rebasa nos alejen de lo que deseamos lograr y nos encontramos haciendo más de lo mismo, repitiéndonos en el comportamiento  dependiente. Para ello debemos hacer una pausa que nos permita salirnos de nuestro cuerpo emocional, de este modo dejar de reaccionar y comenzar a responder, evitar actuar en automático el viejo programa dependiente. Esta pausa te permite tomar tiempo y distancia para decidir tu respuesta y tus acciones. Porque cuando uno decide, ya no depende. Y ahora tú eliges qué, cómo y cuándo responder.

Por lo general, uno casi nunca decide qué sentir, uno descubre lo que está sintiendo. Los sentimientos y las emociones se producen de manera involuntaria y a veces a pesar de nosotros mismos. Cuántas veces nos gustaría sentir diferente, poder provocar o alejar un sentimiento o una emoción. Lo que si podemos hacer es elegir aquellos sentimientos que deseamos actuar. Es precisamente los sentimientos y emociones que decidimos actuar y cómo lo hacemos lo que nos define.

Una vez que reconozco lo que siento, decido si voy a actuar o no eso que estoy sintiendo, hacer la pausa para decidir mis respuestas, tomando en cuenta lo que quiero para mí y para mi vida. Dicho de otro modo, los sentimientos son involuntarios pero nuestras acciones son voluntarias. Hay una gran diferencia entre sentir y actuar, un espacio en el cual practicar la pausa que te permite elegir tu respuesta. No estás obligado a actuar en automático todo lo que sientes. Tienes el poder de elegir tu respuesta y tus acciones.

Las personas emocionalmente dependientes buscan en su pareja el amor, reconocimiento y valoración que por alguna razón han dejado de entregarse a sí mismos. Se trata de recordar que tu valía radica en la persona que eres. Eres valioso por ser tú y todo lo que necesitas está dentro de ti ahora. Se trata de descubrirlo y usarlo para disfrutar de la vida sin depender de la validación de otro. Estrenar una mirada apreciativa y amorosa para nosotros mismos, sin juicios.

Es importante que seas consciente del sufrimiento que has vivido como resultado de la dependencia emocional. El costo emocional tan elevado que ha tenido para ti. Piensa en todo el dolor que te ha provocado ese comportamiento y esa relación, de esta manera reforzarás tus deseos para cambiar y superar la condición dependiente.

Nuestro bienestar se crea y nutre a través de las múltiples áreas en las que participamos de la vida y las cuales se corresponden con los diferentes roles que desempeñamos. Uno debe aprender a disfrutar de la vida sin pareja porque antes de ser pareja somos personas, debemos dedicar nuestra atención a esa área tan importante que es la relación con uno mismo. Conócete y esfuérzate en saber qué quieres y realiza acciones conscientes para conseguirlo. Se trata de aprender a estar bien con uno mismo y disfrutar de la propia compañía. Hay infinidad de cosas que puedes hacer. Recuerda cómo eras antes de conocer a esa persona y todo aquello que te gustaba hacer. Quizás sea ahora el momento para retomarlo. Desarrolla tus habilidades, identifica las otras áreas de tu vida donde satisfacer tus necesidades, dedica tiempo a tus hobbies, frecuenta a tus amigos, nutre tus afectos con otras fuentes de cariño, viaja, mira a tu alrededor para disfrutar de las pequeñas cosas y sobre todo cuídate y ámate como tú te lo mereces.

Entre tu ideal amoroso y lo real: ¿qué depende de ti?

Casi todos tenemos una idea de cómo nos gustaría que fuera nuestra pareja y nuestra relación. Este ideal del amor lo creamos y proyectamos de manera inconsciente en nuestra relación de pareja, y lo usamos como una especie de brújula que nos indica el camino para vivir lo que creemos es el amor.

Durante la primera etapa de la relación amorosa, la etapa del enamoramiento es muy probable que el vínculo de la pareja se construya buscando satisfacer ese ideal. Estamos tan convencidos y cautivados con nuestra idea del amor que casi todo lo que ocurre lo percibimos a través de los lentes de nuestros deseos. Actuamos y vemos todo lo que deseamos que sea, cada paso, cada gesto se produce sin esfuerzo y de manera espontánea en la relación. Tenemos la sensación de que la unión de pareja se construye por sí sola, de manera natural, pareciera que el otro y la relación coincide en una suerte de milagro con nuestro ideal del amor. Nos seduce y fascina la coincidencia mágica entre la realidad y nuestro ideal amoroso. Cobran vida como en un cuento de hadas nuestras expectativas sobre amor en el mundo real, lo cual nos produce inmensa satisfacción y nos lleva a un estado de profundo enamoramiento.

El tiempo no se detiene y del mismo modo continua el decursar natural de la relación. Cada día nos relacionarnos más con la persona real y un poco menos con el ideal que tenemos del otro y del amor. Ambos miembros de la pareja son cada día más reales, más verdaderos y menos idealizados, Comienza así un proceso de separación entre ese ideal creado por nuestra mente a partir de nuestros deseos y expectativas; y la persona real que es y con quien mantenemos nuestra relación de pareja.

A veces y como resultado de este paso del enamoramiento al amor, es posible que nos demos cuenta de que se ha creado una separación entre lo que nos gustaría que fuera, lo que habíamos imaginado, nuestro ideal por una parte y por la otra, la persona real que es y con la que estamos. Esta diferencia entre nuestros deseos y la realidad tiene un impacto emocional significativo en nosotros.

Y es así como a golpe de realidad y con el consiguiente costo emocional, vamos descubriendo que estamos a mitad de camino entre la relación que deseamos vivir y la relación que en realidad tenemos, con el consiguiente saldo desfavorable de insatisfacción que se manifiesta de diferentes maneras. Comenzamos a vivir sin darnos cuenta y de manera cíclica ese la dinámica que nos lleva desde la ilusión, los deseos y la esperanza hacia la cuesta descendente de frustración, enojo, malestar, tristeza o desilusión. Y así sucesivamente, otra vez vuelta a empezar en este círculo vicioso con su cuota de infelicidad. Todo lo anterior, nos conduce de manera inevitable a plantearnos decisiones importantes en nuestra relación de pareja.

Si llegados a este punto deseamos encontrar soluciones dentro de la relación, debes comenzar por hacerle saber al otro cómo te sientes, decir aquello que quieres y qué es importante para ti. De esta manera saber si será posible vivir y satisfacer dentro de esa relación aquello que es importante para ti. Una relación se construye en base acuerdos que nos permiten crear ese lugar común donde encontrarse, para realizar y compartir aquello que si es posible para los dos en la relación de pareja.

El paso del enamoramiento al amor es todo un desafío para cualquier relación de pareja. Inevitablemente comenzamos a relacionarnos con la persona real y el amor ya no solo es un sentimiento sino también es una decisión, tomada desde la claridad y la comprensión mutua, de manera consciente. Se trata de poder ver al otro, a uno mismo y a la relación como realmente son en lugar de mirarla distorsionada a través de nuestros deseos y lo que queremos que sea. En la etapa del amor, el vínculo se mantiene de igual manera por el deseo y también por la voluntad de querer estar presente, compartir y crecer juntos en la relación. Viviendo el amor como un proceso, donde el destino final es el camino y viceversa, donde cada instante es una oportunidad para construir el vínculo que deseamos.

Se trata de asumir la relación como un proceso para reafirmarnos en la decisión de querer estar con el otro, con el real y a partir de allí, realizar aquello que deseas vivir con tu pareja. Es importante aprender de uno mismo y del otro a través de todas las situaciones que se van presentando cada día. Porque es a través de esta convivencia diaria que tenemos la oprtunidad de aprender cómo somos y cómo no somos, nosotros y el otro.

Una relación es un espacio para crecer a través de este aprendizaje mutuo, continuo y dinámico. También el sitio para compartir todo cuanto sea posible en las distintas dimensiones de la relación de pareja. Es el lugar donde se establece la conexión con el otro para crear el vínculo interior que nos sustenta.

No somos responsables de cumplir con el ideal que se ha creado el otro en su mente porque este ideal es fruto de su fantasía, allí fue concebido y no es posible meternos en la mente de otro para poder realizar exactamente los deseos de su imaginación.  Además, este ideal es eso, únicamente pensamientos y una persona es un ser vivo, real y multidimensional por lo que nunca podrá ser reducido a un pensamiento. Resulta mucho más sano y positivo, querer y poder vernos cómo realmente somos, mirar a la persona real para desde allí construir nuestra relación de pareja.

Puede ocurrir que en esta nueva etapa en la que nos relacionamos cada vez más con la persona real, nos demos cuenta de que esta no sea con quien quieres compartir tu vida, no es tu compañero de viaje. Llega el momento de continuar el viaje por tu cuenta, agradeciendo al otro y a la relación por todo lo vivido y aprendido.

También puede suceder que si quieres continuar en la relación y sin embrago esto no es posible, porque una relación siempre es de dos, no será suficiente con que tú lo quieras, la otra parte también tiene que estar presente y participar. El bote necesita que los dos remos se muevan a la par, pues cuando es sólo uno de los dos el que rema, este se queda dando vueltas en el mismo lugar sin lograr avanzar hacia ninguna parte. La energía y la ilusión de la parte que rema y realiza todo el esfuerzo por mantener a flote la relación se consume irremediablemente.

Se trata de hacer una pausa y detenernos a observar, para poder reconocer todo lo que ocurre dentro y fuera de ti. Poner atención para saber qué quieres y descubrir si esto será posible o no en esa relación y con esa persona.

Tener un ideal amoroso, expectativas, ilusiones, necesidades, deseos, pedir aquello que quieres en la relación, es parte consustancial a nuestra naturaleza humana, expresa la persona que somos. Se trata de darse cuenta si esto es posible de realizar en la relación de pareja que tenemos, si podrás vivir eso que es importante para ti junto a esa persona. Porque no todos queremos lo mismo en el amor, cada uno tiene necesidades diferentes y ama a través de la persona que es y cómo es.

Cada uno es responsable de decidir qué hacer y cómo conducirse con relación a su ideal del amor porque desde el principio este ha sido creado por uno mismo, fuimos nosotros quienes decidimos creer en él y tomarlo como guía en el amor. No hemos venido a este mundo para satisfacer el ideal amoroso o las expectativas que tienen los otros sobre cómo somos o cómo deberíamos ser. Y esto va de ida y vuelta, los otros tampoco son responsables de cumplir con nuestras expectativas e idealizaciones. Se trata de poder vernos, amarnos y aceptarnos cómo somos y en base a esto tomar nuestras decisiones de pareja.

Escucha a tu guía interior para saber qué quieres, qué es importante para ti y qué es posible en esa relación de pareja. Confiar en uno y en el proceso de la vida. Porque en esta vida todo sucede a su debido tiempo, ni antes ni después. Todo cuanto vivimos guarda un propósito y puedes estar seguro de que allí hay lecciones de vida importantes para ti. Para llegar a ese estado de paz interior que alcanzamos cuando podemos ver y comprender lo positivo que nos ha sido entregado a través de cada experiencia y cada relación. La felicidad pasa a través de amar la realidad y querer lo que es.

Está en tus manos y de ti depende, asegurarte de que exista al menos una persona en este mundo para quien lo que tú quieres en el amor sea importante, que lo tome en cuenta y haga cuanto sea posible por hacerlo realidad.

Esa persona eres tú…

Ligas y Olas.

Esta historia comienza hace miles de años. Cuenta la leyenda que los hombre venían de Martes y las mujeres de Venus. Un buen día, hombres y mujeres fueron enviados a la Tierra. Después de haber transcurrido todos esos miles de años y como era de esperar, ambos olvidaron su origen pero aún pueden reconocer que son diferentes. Con esta introducción de novela fantástica y mitología planetaria, presentó su libro al mundo hace algunos años un reconocido psicoterapeuta quien basó su teoría en todos los estudios de caso que tuvo la oportunidad de conocer en su consultorio, a través de su experiencia ejerciendo como terapeuta para parejas durante casi toda su carrera profesional.

Como todo aquello que decidimos creer pasa a ser cierto, quiero tomar esta referencia como punto de partida para reconocer las diferencias entre hombre y mujeres, las cuales han sido muy comentadas, avaladas y expuestas en trabajos de todo tipo e investigaciones científicas basadas en estudios neurológicos, estructura del cerebro, conexiones neuronales, composición hormonal y bioquímica que determina las razones por las cuales hombre y mujeres, piensan, sienten, actúan y tienen necesidades diferentes.

Las generalizaciones son injustas porque ponemos a todos en el mismo saco, por eso aunque estas diferencias de género están fundamentadas en estudios de campo, información científica y investigaciones académicas, me gusta dejar un margen a la posibilidad a que no sea siempre así para todos. Estas características expresan de manera general algunas diferencias, lo cual no significa que todos los hombres sean de una manera y todas las mujeres de otra. Algo similar a la estatura de las personas, en promedio la estatura del hombre es superior a la de la mujer, lo cual no significa que todos los hombres sean más altos que las mujeres, porque sabemos que existen mujeres más altas que muchos hombres.

Cada quien podrá reconocer y sentir desde su intuición que tanto de todo esto sobre las diferencias entre hombres y mujeres es cierto, según aquello que resuene dentro de si mismo con su verdad interior y considere válido según su experiencia personal.

Resulta que los hombre son como ligas, en determinadas situaciones y etapas de su vida se alejan de su pareja para experimentar la sensación de libertad que necesitan y para solucionar de manera individual aquel proceso personal que están viviendo en su interior, a veces de manera consiente y otras no. Los hombres buscan ser queridos y aceptados por sus habilidades y estos espacios en solitario les permiten reasegurar, confirmar y fortalecer sus habilidades y capacidades, aquello por lo que quieren ser reconocidos y valorados.

Por su parte, las mujeres son como olas, subimos y bajamos, oscilando en el amplio espectro de los estados emocionales posibles, desde los más luminosos, elevados y positivos hasta aquellos más profundos de dolor, soledad y tristeza. Las mujeres buscan ser queridas por sus sentimientos, por lo que poder expresar y compartir sus sentimientos, es un tema fundamental en su vida de pareja, necesitan ser escuchadas.

Y es así como se establece una dinámica en las relaciones en la cual los hombres manejan la distancia como ligas que se acercan y se alejan, mientras las mujeres suben y bajan en sus estados emocionales como las olas y la marea.

Como parte de esta diferencia, es muy común que cuando se presenta una situación especifica, los hombres lo interpretan como problema a solucionar y las mujeres como un espacio donde poder expresar lo que sienten, donde ser escuchadas como muestra de validación de sus sentimientos y su proceso emocional. Ellos que se identifican con sus habilidades y capacidades, entre estas la de solucionar los problemas, quieren que la conversación sea concreta y enfocada algo en especifico, orientada a solución. Ellas no esperan llegar a ningún otro lugar ni solución, únicamente necesitan ese espacio donde se sienten escuchadas y validados sus sentimientos y estados emocionales, el reconocimientos a lo que están sintiendo. Cada grupo busca ser reconocido de manera diferente.

En esas etapas que los hombre se apartan de la relación para solucionar sus temas o vivir experiencias necesarias para ellos, les molesta la compañía expresada en ayuda o asistencia por parte de su pareja. Quieren estar solos. Las mujeres por el contrario cuando se encuentran en la parte baja de la ola es cuando más necesitan de compañía. La compañía en esta etapa representa el apoyo y la presencia que la mujer desea sentir de su pareja. Ellas no necesitan soluciones porque no ven la situación como un problema si no como un espacio donde compartir y expresar lo que sienten.

Una vez reconocida e identificada esta diferencia en cuanto a cercanías, distancias y oscilaciones es importante que ambos dejen de tomar estas etapas de manera personal. En realidad lo que esta ocurriendo no necesariamente tiene que ver con el otro, si no con lo está viviendo y necesitando cada miembro de la pareja en su interior, en su proceso individual.

Es así que cuando la mujer está en la parte baja de la ola y necesita sentir la presencia, atención y apoyo de su pareja, este en su experiencia como liga interpreta que ella necesita su espacio y su tiempo para estar sola, vivir su proceso por separado y encontrar sus respuestas. Esta lectura basada en la óptica masculina de alejarse genera un sentimiento de soledad y debilita en la mujer la conexión con su pareja, lo cual conduce a que ella se hunda aún más en su estado.

Por su parte, cuando el hombre se aleja para vivir esta etapa en solitario, reasegurar sus habilidades y encontrar soluciones, la mujer en su experiencia de ola intenta acompañarlo, estar más presente, busca que este se comunique, cuente lo que le ocurre para asistirlo en su proceso, lo cual es justamente lo opuesto a lo que el otro necesita, pues se siente invadido en su espacio, coartado en su libertad y puesta en duda su capacidad y habilidades para solucionar cualquiera que sea su tema.

En estas situaciones, la mujer deberá entregar el espacio y el tiempo que el hombre necesita en esa etapa. Lo que normalmente sucede es que una vez que la liga se estiró hasta donde lo necesitaba, regresará a su estado anterior como si nada hubiese sucedido, siendo el mismo de siempre y comportándose de igual manera.

El hombre por su lado deberá darse cuenta cuando su pareja está en la parte baja de la ola para procurarle el apoyo y la compañía que ella necesita, sin darle soluciones ni animarla, pues esto de alguna manera invalida su proceso y demerita su estado emocional, ella sólo necesita ser escuchada para sentirse acompañada. De este modo que el hombre comprenda cuando su pareja está viviendo un proceso interior de esclarecimiento y reacomodo emocional para evitar tomarlo de manera personal y dejar de sentirse criticado o señalado.

Se trata de reconocer las diferencias para tenerlas en cuenta en aras de comprendernos mejor en nuestra relación de pareja. Construir el vínculo poniendo nuestra atención en lo que ocurre dentro y fuera de nosotros, en el otro, para poder vernos y escucharnos, entender cómo somos. Para de este modo crear ese espacio de conexión y encuentro donde la relación que deseamos vivir sea posible.

Felicidad y pensamiento mágico.

Existe en nosotros el pensamiento realista, es decir, la capacidad de analizar de manera objetiva la realidad, con sus variables y cuánto acontece en ella, considerar los hechos tal y como son, sin interpretaciones, juicios, ni preferencias.  Y de igual manera también contamos con nuestro pensamiento mágico.

El pensamiento mágico representa nuestro mundo ideal o nuestra idealización de la realidad, situaciones, circunstancias, las relaciones y personas que conforman nuestro entorno afectivo. La estructura de pensamiento mágico para las relaciones afectivas condiciona las definiciones que tenemos sobre cómo deberían ser las personas, en especial aquellas con las cuales mantenemos relaciones afectivas.

Cuando en nuestras relaciones ponemos a competir a la persona ideal que existe en nuestro pensamiento mágico con la persona real, esta última casi siempre sale bastante desfavorecida. Así sucede cuando, por ejemplo, sin darnos cuenta, ponemos a competir a nuestro hijo ideal con el real, donde el segunda casi de seguro saldrá perdiendo. Además de llevarse consigo la tremenda carga de no sentirse visto ni aceptado. En las relaciones humanas y en especial con nuestros hijos, el reconocimiento y la aceptación del otro resulta crucial para la constitución y mantenimiento de un vínculo afectivo sano y determina la calidad de nuestra relación con ellos. Es parte de nuestra responsabilidad como padres mantener, cuidar y cultivar el vínculo con nuestros hijos, en especial cuando ellos aún no son adultos.  Es muy necesario expresar nuestro amor a través de una mirada apreciativa hacia ellos, valorándolos por la persona que son, mirando al alma, mirando adentro.

Por ello resulta tan importante que veas a tus hijos, tus padres, tu pareja y a todos los que quieres como ellos son, con profunda aceptación y gratitud porque ellos están en nuestra vida para entregarnos las lecciones que necesitamos aprender y crecer, para evolucionar como personas, mirando, escuchando y queriendo desde el alma. Siempre digo que cada relación en mi vida es una escuela y cada persona que participa de esa relación conmigo, un maestro.

La distancia entre nuestro pensamiento mágico y la realidad es lo que a menudo nos provoca sufrimiento, insatisfacción o desilusiones. Nuestro pensamiento mágico se expresa a través nuestras expectativas sobre los otros, las situaciones y circunstancias de la vida, por demás muy poco realistas. Esta insatisfacción muchas veces se traduce en forma de desilusión, en el “si, pero”, “casi”… en concentrar nuestra atención en aquello que nos falta y lo que nos gustaría que fuera.  Ese mal hábito de buscar el grano oscuro en el arroz produce mucha infelicidad, desear lo que no es o lo que no se tiene.

En nuestras relaciones cuando comparamos a nuestra pareja idea con la real, esta última casi siempre pierde porque es muy poco probable que el otro, el real, tenga la capacidad sobrenatural de adivinar por arte de magia lo que pienso y quiero para poder cumplir con las expectativas de mi pensamiento mágico. Porque además y con frecuencia, ni siquiera nosotros mismos sabemos a ciencia cierta lo que queremos. Que tremendo reto le pasamos al otro para adivinar y atinarle a lo que incluso ni nosotros mismos sabemos.

Cuando pretendemos que al otro le nazca hacer y entregar lo que esperamos de él, esto casi siempre nos traerá frustración garantizada, porque estamos poniendo al otro a adivinar y atinarle a nuestro pensamiento mágico. Cuando quieras algo, dilo, enséñales a los otros cómo tú quieres que te quieran.  El que no habla Dios no lo oye, cuando quieras algo, pídelo.

Ya lo sé, cuántas veces he escuchado decir: pero no es igual si se lo pido porque se supone que debería nacer del otro sin que yo se lo diga. El acto de amor está en que el otro me escuche y tome en cuenta lo que le pido, y no está en que adivine mi pensamiento mágico. Porque no tenemos una bola de cristal para mirar cada mañana y saber cuál es el pensamiento mágico de mi pareja, de mis hijos o las personas que viven conmigo para poder realizarle sus deseos y demostrarles así cuanto los amo.

Como muchas veces digo, la bola de cristal se me rompió, prefiero que me digas lo que quieres, lo que esperas, lo que te gustaría que hiciera y no me pongas a adivinar e interpretar tu pensamiento mágico. Hagamos de la relación un acto de amor y confianza donde podamos hablar con la certeza de que el acto de amor radica en que el otro escuche lo que le estoy diciendo, pidiendo o comentando. El gesto de amor es que el otro me tome en cuenta, valore y actué según aquello que le he compartido que es importante para mí.

Ese mal hábito de comparar mi mundo mágico con mi mundo real, casi siempre se expresa en forma de queja, disgusto y reclamo. Cuando en realidad lo que tenemos es casi siempre mucho más que lo que nos falta, lo que pasa es que no lo vemos. El pensamiento mágico nos lleva irremediablemente a fijarnos en lo que nos falta, nos impide valorar y disfrutar lo que tenemos.

Aprovechemos la oportunidad para enseñarle a nuestros hijos tolerancia la frustración, porque en la vida uno no siempre tiene lo que quiere y, aun así, sigue siendo buena. Esto no impide que seas feliz porque la vida es cómo uno quiere mirarla y vivirla, tú decides cómo quieres estar y cómo lo quieres pasar: bien o mal, feliz o insatisfecho. Tú decides.

La persona más feliz no es la que más tiene si no aquella que disfruta todo lo que tiene. Porque cuando no eres feliz con todo lo que tienes, no lo serás con lo que te falta. La felicidad es un acto de decisión personal, uno decide ser feliz cada día. La felicidad es una actitud ante la vida. Uno decide cómo actuar, interpretar y responder aquello que acontece cada día. Tú decides si quieres amargarte, quejarte y pensar que todo está mal o por el contrario, si quieres verlo como una valiosa oportunidad para observar y observarte, darte tiempo para decidir cómo quieres actuar, valorar cuáles son tus opciones, qué quieres hacer para ser y estar lo mejor posible dadas las circunstancia, para aprender y crecer con cada situación que se nos presenta.

La vida se trata de elegir. Igual que decides la ropa que te pones en la mañana, lo que te preparas para desayunar y el camino que tomarás para llevar a tus hijos a la escuela o llegar al trabajo. Uno tiene la posibilidad de decidir cómo quiere vivir su día. Tú eliges.

La felicidad es un tema del alma que poco tiene que ver con lo que pasa afuera o las cosas que tenemos. Se trata de reconocer, disfrutar y agradecer cuánto tenemos y vivimos. Se puede ser permanentemente feliz lo cual no significa que estemos siempre contentos. Se trata de mirarnos al alma, de mirar adentro. Hagamos de nuestra vida un acto de amor y de nuestras relaciones el mejor espacio donde compartirlo.

Enamoramiento y Amor. ¿Por qué nos enganchamos?

El enamoramiento es la etapa previa al amor. Cuando nos enamoramos nos relacionamos con el ideal, con esa persona idealizada que hemos creado en nuestra imaginación. Todo resulta natural y sin esfuerzo, nos enamoramos de manera espontánea porque la persona con la que estamos posee aquellas cualidades que nos atraen y alguna de las cuales a veces ni tan siquiera somos conscientes.  En esta etapa de idealización del otro, predominan la atracción física y química, los deseos, los sueños y nuestra idea del amor. Mucho más profundo yacen necesidades emocionales y afectivas, así como carencias del mismo tipo, de las cuales no somos conscientes y que de alguna manera marcaron nuestras relaciones afectivas en el pasado, iniciando en nuestra infancia.

El enamoramiento es la primera etapa de una relación y suele durar por lo general año y medio, aunque sabemos que para las relaciones no hay recetas y casi nada es absoluto ni definitivo. Cada pareja es un mundo y funciona a su manera. Durante la etapa del enamoramiento nos relacionamos casi siempre y mucho más con la persona idealizada, aquella que deseamos que sea y no tanto con la persona que en realidad es. Vemos al otro a través de los lentes de nuestros mejores deseos y muchas veces proyectamos en el otro cualidades que nos atraen y que no necesariamente están allí, sino que son un reflejo de nosotros mismos. Vemos en el otro aquello que nos gusta de nosotros mismos. Por supuesto que no todo en esta etapa es producto de nuestra imaginación ni está distorsionado por nuestros deseos, es también muy cierto que el otro tiene cualidades, actitudes y detalles que nos enamoran y nos hacen sentir muy bien en su compañía.

Sin embargo, ni tú ni el otro son muy reales en esta etapa pues ambos están haciendo su mejor y mayor esfuerzo por cumplir con las expectativas del otro en el arte de enamorar. Nos convertimos de manera natural y espontánea en aquello que vemos en los ojos de quienes deseamos. Modificamos nuestra conducta para enamorar al otro, con la genuina ilusión de que la relación funcione y ambos seamos lo que el otro ha buscado y espera en el amor. Realmente queremos ser su pareja.

Pasado el enamoramiento este cede el paso a la etapa del amor. En esta segunda etapa de la relación nos relacionamos cada día más con la persona real a medida que transcurre el tiempo. Cada día tú y el otro son más reales y menos idealizados.

Este paso del enamoramiento al amor es uno de los retos más grandes para la relación. Lo que antes nacía de manera espontánea y sin mayor esfuerzo comienza a hacerse cansino o rutinario, aparecen los primeros conflictos, las interpretaciones, los vacíos en la comunicación y las incomprensiones de una y otra parte. Vivimos un proceso de reajuste donde nos enojamos, nos contentamos, nos mal interpretamos, nos aclaramos, nos reconciliamos, en medio de un torbellino de dudas y sentimientos de todo tipo que crean confusión, frustración, contaminan la relación y debilitan el vínculo.

Las dudas aparecen y crecen, nos preguntamos ante cada tropiezo: ¿estoy con la persona que en realidad quiero que sea mi pareja?  La espontaneidad y los deseos van cediendo a la rutina y a veces al cansancio. Y es aquí el momento para tocar base contigo y regresar a ti. Saber quién eres y qué quieres, en especial de la relación y de tu pareja. Muchas veces tenemos mucho más claro lo que no queremos en nuestra relación y ese también es un camino muy válido para acercarnos a lo que queremos. Se trata de aprender a conocer y entender sin juicios, a mí y al otro.  Ser conscientes sobre qué quiero y qué necesito en mi relación, qué es importante para mí, para sentirme y estar bien en esa relación.

En la etapa del amor descubrimos que el amor no sólo es un sentimiento si no es también una decisión. Las parejas que están juntas es porque así lo han decidido. De este modo uno decide poner su atención en lo que si funciona, me gusta y está bien en el otro y en la relación. Se crea un espacio de tolerancia y entendimiento para hacer más llevadero lo que te gustaría fuera diferente. Es el momento de hablar para crear acuerdos sobre los temas que nos afectan. Donde pones tu atención crece. Las relaciones se construyen a través de la comunicación, llegando acuerdos a través de los cuales crear la relación que ambos desean.

En aquellas ocasiones en las cuales nos enganchamos en relaciones complicadas que nos producen mucha confusión e inestabilidad, podría ser que el otro de alguna manera nos recuerda, dado que se asemeja en su tipo de personalidad, a aquella figura afectiva inmediata, materna o paterna o hermanos, con la cual tuvimos una relación en el pasado marcada por conflictos emocionales no resueltos. De manera inconsciente buscamos solucionarlos en esta nueva relación. Ahora como adultos intentamos reescribir la historia para que esta vez si sea como nos habría gustado que fuera. Para recibir aquello que tanto necesitamos y añoramos de nuestra figura afectiva inmediata en esa etapa de la vida y que por alguna razón no nos fue entregado. Todo esto es un proceso completamente inconsciente, a través del cual y sin darnos cuenta intentamos solucionar conflictos emocionales no resueltos en el pasado con nuestras figuras afectivas inmediatas.

Sucede que esa semejanza en los tipos de personalidad entre aquella figura afectiva fundamental de nuestra infancia y esta otra persona en mi relación, condiciona y limita la posibilidad real de que esta vez logre recibir del otro lo que siempre he querido. Entre otras cosas porque cada quien se relaciona desde y a través de su tipo de personalidad y es muy probable que recibas y carezcas de lo mismo si ambos tienen un tipo de personalidad muy similar. Cada uno ama y expresa su amor a través de su tipo de personalidad. No recibirás peras del olmo por más que lo intentes, ames, te entregues y te desvivas en la relación.

La transición del enamoramiento al amor es una etapa muy importante de aprendizaje sobre mí y sobre el otro, de reconocimiento y aceptación de nuestro tipo de personalidad y la del otro, nuestra manera de vivir y de amar, lo que cada quien puede dar y recibir en la relación, saber que necesitamos y que podemos esperar. Es importante que podamos hacerlo sin juzgar para evitar contaminar el proceso y nuestra alma con la energía negativa del Ego, para evitar darle espacio a ese invento tan poco generoso que es la culpa, la crítica, las interpretaciones, lo que consideramos defectos, aquello que me molesta. Se trata de vivir este proceso desde nuestro Ser, para dedicar nuestra energía a lo positivo que hay mí, en el otro y en la relación, ese espacio de encuentro donde tú, el otro y la relación es posible y realizable.

Resulta importante identificar aquello que queremos en el amor y confirmarnos en nuestras decisiones. En este proceso aprendemos sobre nosotros mismos y sobre el otro, para crecer juntos y compartir el camino sin juzgarnos, reconociendo y creando ese espacio común donde lo positivo de ambos sea posible.

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