Primero lo primero: dos enfoques en el inicio de la relación de pareja.

Casi todos tenemos un ideal amoroso, lo sepamos o no, seamos conscientes del mismo o por el contrario este se encuentre deambulando aún por los recintos ocultos de nuestro inconsciente. La diferencia de hacerlo consiente reside en que dejamos de actuar en automático, evitamos que el inconsciente mande y por lo mismo qué determine nuestro comportamiento. De este modo, comenzamos nosotros a decidir qué, cómo y cuándo actuar; elegimos nuestra conducta, acciones y respuestas. Ejercemos así nuestra libertad y derecho a ser, decidir y actuar, tomando en cuenta aquello que queremos.

Este ideal amoroso expresa todo aquello que nos gustaría vivir, sentir, experimentar, lo que es importante para nosotros en nuestra relación de pareja. Representa el fin o propósito final que deseamos alcanzar en el amor.

Durante la etapa inicial de una relación amorosa, suelen aparecer dos maneras de abordar la misma. La primera es considerar desde el primer instante que esa persona será con quien realizaremos nuestro ideal amoroso, y la segunda es tomarnos el tiempo que sea necesario para conocer al otro y de este modo saber si es o no, la persona con quien será posible realizar nuestra idea del amor.

En el primer caso iniciamos la relación idealizando casi por completo al otro y la relación, ponemos casi toda nuestra atención en realizar nuestro ideal amoroso sin alcanzar a ver a la persona real, y con la cual estamos participando de la relación. Suele ocurrir que por más energía que le entregamos a nuestra idealización, la realidad termina por imponerse. Y es en ese momento cuando nos damos cuenta que nos encontramos a mitad de camino entre la relación que deseamos tener, basada en nuestro ideal amoroso y la relación que en realidad tenemos.

La distancia y espacio entre ambas, se nos llena de tristeza e insatisfacción, sin darnos cuenta comenzamos a pelearnos con la realidad, a intentar cambiar algo que no depende de nosotros, porque cada quien se relaciona a través de la persona que es. Nadie cambia por otro, para cambiar hay que querer cambiar y esa es una decisión que sólo puede tomar uno mismo, de manera personal e intransferible. Una relación es de dos, no importa cuanto te desvivas, ningún puente se sostiene de un sólo lado.

Cuando comenzamos nuestra relación por el final, es decir intentando contra viento y marea realizar nuestro ideal amoroso sin conocer al otro, nos deslizamos sin darnos cuenta hacia un espiral descendente de desilusión y frustraciones cada vez que el otro desde su real y a través de sus acciones o por la falta de las mismas, se distancia de nuestro ideal amoroso. Esta separación entre la relación que quiero tener, lo que es importante para mí vivir en ella y la relación real en la que estoy, es fuente de muchas insatisfacciones y sufrimiento.

La segunda manera de iniciar la relación de pareja es comenzar la misma dedicando todo el tiempo que sea necesario para conocer al otro, para saber cómo es, observando y relacionándonos con el real. Hacer una pausa para poder ver al otro. Las personas se conocen por sus acciones y los otros casi siempre nos dicen cómo son. Se trata de detenernos a observar, con el deseo genuino de ver la realidad, para en base a esto saber si con esta persona es posible realizar mi ideal amoroso, crear la relación que quiero vivir.

Cada quien podrá hacer un recorrido por su historia sentimental y reconocer cuál de las dos manera de iniciar una relación de pareja hemos actuado y a partir de ahora ser consciente de qué queremos y cómo hacer para lograrlo. Comenzar por el principio significa darnos tiempo para conocer al otro. Para eso es son los primeros dos años de una relación, para conocerse y saber si esta es la persona con la que será posible construir el vínculo de amor que deseo vivir en mi relación de pareja.

Darse cuenta es el primer paso para cambiar. Tomando en cuenta esa frase tan sabia que nos recuerda, no esperes resultados diferentes si sigues haciendo lo mismo. Es ahora el momento para ser consciente si decidimos realizar nuestro ideal amoroso desde el instante primero en que nos sentimos atraídos por alguien, o por el contrario te regalas el tiempo que consideres necesario para conocer al otro. Sólo entonces sabrás si es posible o no realizar tu ideal amoroso con esa persona. A esta conclusión se llega de manera progresiva y representa la evolución natural de una relación.

Vivir es un acto de fe.

Hace tiempo cambié los “¿por qué?” por los “¿para qué?” Creo que en esta vida todo sucede para algo y casi siempre para bien, todo tiene un propósito, aunque en el momento que lo estamos viviendo nos cueste trabajo comprenderlo o aceptarlo. La claridad nos llega casi siempre en retrospectiva, al mirar hacia atrás todo cobra sentido y comprendemos su razón de ser. La vida casi siempre nos enseña que aquello que creíamos un inconveniente, termina siendo una bendición. Se trata de poder ver las bendiciones escondidas detrás cada situación y cada experiencia que se nos presenta. Aprender a mirar con la sabiduría del alma.

Otra de mis certezas de vida es que lo que nos hace sentir mal, lo que nos provoca frustración, malestar y sufrimiento, no son los hechos por sí solos, si no nuestra interpretación personal y muy particular sobre el hecho, nuestros pensamientos asociados a este. Se trata de estar conscientes, observar e identificar aquel o aquellos pensamientos que provocan la tristeza, el enojo, la frustración o la emoción que siento, para dejar de poner mi atención allí. Evitar dedicarle tiempo y energía a esos pensamientos que decidí creerme y que provocan esos sentimientos que me hacen tanto daño. Dejar de poner nuestra atención en los pensamientos que no me sirven porque me hacen sentir mal. Intentar separar las interpretaciones de los hechos y más aún, cuestionarnos esos pensamientos hasta deshacerlos.

Intentemos contemplar los pensamientos en la mente como a las nubes en el cielo, ellos están ahí, los puedo ver, observo cómo se mueven, cómo cambian, cómo pasan y decido que no me voy a enganchar en ellos, voy a dejarlos ir, porque mi mirada y la plenitud de mi Ser, está más allá de esas nubes, está en el cielo…o en el mar…en el infinito que nos une y nos conecta, desde una esencia común de luz, amor y vida.

Uno de lo más aportes más valiosos de la psicología positiva es que nos ofrece un nuevo paradigma, desde el cual, en lugar de enfrascarnos en batallar y rechazar el sufrimiento o el malestar que sentimos, centremos nuestra atención y energía a construir y amplificar nuestro bienestar. Uno siempre tiene el poder de elegir donde pone su atención, lo cual resulta crucial porque donde pones tu atención, crece y lo que resistes, persiste cuando le entregas tu energía a lo que no quieres, a aquello que te hace sentir mal. Se trata de crear nuestro bienestar poniendo nuestra atención en aquello que si funciona, si me gusta, si está bien y me hace sentir bien. Recalibrar la brújula para construir nuestro bienestar poniendo nuestra energía y presencia en esas relaciones y áreas de tu vida donde encuentras satisfacción y bienestar.

Aprendí que la paz no es la ausencia de conflictos. Los conflictos forman parte de las relaciones al igual que son parte de la vida, nos ayudan a conocernos, a poner límites saludables, a aprender y crecer. Descubrí que puedo vivir con ellos porque siempre me ofrecen la oportunidad de aprender lecciones importantes y necesarias para mí. Cuando evitamos el conflicto casi siempre lo estamos internalizando, lo llevamos hacia dentro de nosotros, con el consiguiente costo emocional, negándonos la oportunidad de aprender y de ganar presencia en el mundo exterior.

La paz es un lugar interior, un espacio dentro de uno, en el centro y la esencia de lo que somos, a la cual podemos conectarnos de muchas maneras, para intentar vivir y actuar desde allí. Lo que sucede afuera nos afecta, en especial, las interpretaciones que le damos a esto que sucede afuera.  Por eso es tan importante tomar tiempo y distancia cuando se presentan situaciones que nos sacan de nuestro centro, para evitar reaccionar ante esto.

El cuerpo emocional está acostumbrado a reaccionar, es su naturaleza, por eso procuremos hacer una pausa para evitar reaccionar y comenzar a responder de la manera que mejor nos ayuda a comunicarnos y relacionarnos. Concedernos tiempo para que nuestras respuestas y acciones sean el resultado de nuestras decisiones, dejando de reaccionar en automático, tomando en cuenta lo que queremos y lo que no queremos, para nosotros, en nuestra vida y nuestras relaciones.

La felicidad es un acto de decisión personal, uno decide ser feliz. Es un estado general y superior de la existencia. Se puede ser feliz, lo cual no significa que estés todo el tiempo contento. Habrá momentos en los que no te sientes bien o te pongas triste o te gustaría que algo fuera diferente. Estas son situaciones temporales y especificas dentro de un estado más amplio, superior y permanente de bienestar o felicidad. Ambos, lo transitorio y lo permanente más allá del momento, la situación, los pensamientos y las emociones asociadas a todo esto, son muy válidos, todo tiene su razón de ser. Su propósito primero o más evidente, su beneficio inmediato, es aprender las lecciones que nos son entregadas a través de los vivido. Los significados son dinámicos y según pasa el tiempo estos evolucionan hasta convertirse en razones y lecciones más cercanas y personales, significados propios.

En la vida no hay errores, sólo lecciones y estas se repiten hasta que nos las aprendemos. Detrás de cada relación, de cada persona y de cada experiencia hay enseñanzas de vida importantes y necesarias para nosotros, para crecer adentro, para despertar, para evolucionar hacia un nuevo nivel de consciencia, una nueva manera de participar de la vida. A vivir se aprende viviendo y eso nadie más puede hacerlo por ti. Tu vida es tuya. Cada relación es una escuela y cada persona en ella es un maestro.

Todos actuamos y nos comportamos de acuerdo con nuestro tipo de personalidad, el entorno en el que crecimos y nuestro nivel de conciencia. Nuestra actitud, respuestas, decisiones y acciones son el resultado de cómo somos, los lentes a través de los cuales miramos la vida, nuestra historia personal, las circunstancias que nos rodean y el nivel de conciencia que poseemos. Todo esto nos permite comprender mejor a nosotros y a los otros. Darse cuenta será siempre es el primer y más importante paso en el camino a partir del cual lograr aquello que deseas.

Los escritos que aquí les comparto indican el camino hacia el reencuentro con uno mismo. Cuanto en ellos entrego lleva el propósito implícito de comprender, descubrir y aprender cómo soy, qué quiero, qué es importante para mí, cómo puedo lograrlo, qué es posible, qué depende de mí, qué está en mis manos, con qué recursos cuento, dentro y fuera de mí. Abrir un espacio para reflexionar, meditar y participar de la vida desde nuestro ser y nuestra esencia, regresar a uno mismo, a ti, a tu esencia, a quien eres en realidad, a tu verdadera naturaleza. Para conectar con tu Ser. Para vivir y actuar desde allí.

Tan importante como aprender es hacer, aplicar y utilizar aquello que hemos aprendido. Porque entender no pasa de ser únicamente un ejercicio intelectual reducido al espacio de la mente. El verdadero cambio en nuestra vida, aquello que nos llevará a lograr lo que deseamos, son nuestras acciones. Tan imprescindible como contar con el conocimiento, será aplicar cuánto hemos aprendido en este camino, para de este modo lograr los resultados que deseamos. Tu actitud, tus decisiones y tus acciones son el puente que te llevará de tus sueños a la realidad que deseas crear. Se trata de comenzar a mirar las experiencias que vivimos bajo la luz y el deseo de aprender, crecer y compartir, lo cual le confiere propósito y todo su valor a este viaje que llamamos vida.

Para dejar de triangular.

El universo de nuestras relaciones afectivas incluye a todas aquellas personas con las que interactuamos en esta área de nuestra vida. Para construir el vínculo en cualquier relación, lo más saludable será que la misma se establezcan entre las dos partes que la conforman, manteniendo una interacción y comunicación “uno a uno”, de manera bidireccional y tratando de evitar intermediarios. La relación directa, evitando incluir a un tercero que intervenga para bien, ayudándonos a construir el vínculo o para mal, acrecentando la distancia; permite establecer una relación real con el otro y de este modo impedir las distorsiones propias de las fallas de comunicación que afectan a cualquier relación.
Es por ello que estar en la posición de mediadores, será casi siempre el peor lugar para participar en una relación. Se trata de evitar ponernos o dejar que otros nos pongan en el medio porque ya bastante complicada y deficiente resulta a veces la comunicación entre dos, como para además incluir a un tercero que reciba, intérprete y transmita, añadiendo al entuerto su visión muy particular y agregando interferencias a la relación.
Algunos de nosotros nos hemos visto en la penosa situación de encontrarnos mediando en las relaciones de otros y lidiando con la carga emocional que representa estar en el medio. Nos pasa con frecuencia a la madres cuando somos las mediadoras en la dinámica familiar entre los hijos con sus padres y viceversa. Para no favorecer a la figura de la madre en detrimento de la paterna y en aras de ser justos, pongámoslo mejor de este modo: cuando uno de los padres es el pivote sobre el cual se articula la relación padres-hijos. Esta parte en la cual se triangula la relación, se ve actuando muchas veces de manera inconsciente las expectativas, las creencias sobre la manera de educar, las insatisfacciones y malestar de la pareja con relación a las actitudes y comportamiento de los hijos, convirtiéndose en la parte activa de la relación para lograr la convivencia familiar armónica, intentando la contención de unos y otros a la hora de solucionar conflictos, sirviendo de canal de comunicación de los hijos hacia el padre/madre, a veces como depósito para unos y otros, intentando enmendar y componer las situaciones, problemas y malos entendidos o como rompeolas cuando las emociones se desbordan de uno u otro lado.
Si nos detenemos a reflexionar sobre nuestras relaciones en las diferentes etapas de la vida, casi todos encontraremos ejemplos cercanos en nuestra historia personal donde hemos ocupado la difícil posición de estar en el medio. Nos sucede a veces cuando somos el eslabón que mantiene la relación con la familia política, cuando mediamos en la relación entre alguna amiga y su pareja, en especial cuando uno es más joven y busca el apoyo de las amigas o amigos para acercarse a aquel chico o chica que nos gusta. Nos hemos visto otra vez colocados en el medio armonizando diferencias, a veces en la relación de nuestros padres, entre hermanos, entre amigos y así, una larga lista de situaciones que se prestan para estar en la desafortunada posición que nos coloca en el medio, triangulando, actuando como pivote en las relación de los otros y viviendo las consecuencias.
Se trata de estar atentos y muy despiertos para darnos cuenta cuando nos hemos o nos han colocando en el medio en las relaciones de otros, para decidir si queremos o no estar en esa posición, para salirnos de este lugar lo antes posible si así lo deseamos y regresar de este modo la responsabilidad de la relación a sus miembros, para que ambas partes se comuniquen y construyan el vínculo sobre la base de quién es, cómo es y qué tipo de relación desean construir.
Para reconocer si estamos en el medio de una relación, basta con que evaluemos nuestro grado de participación en la misma. Si tenemos la sensación de que la relación se mantiene en gran medida gracias a nuestra presencia en ella, podemos tomar distancia, dejar de actuar como pivote, permitir que este espacio que se libera sea ocupado y asumido por las otras dos partes de la relación y pasar a tener un papel menos activo en la misma. De este modo, estaremos haciendo prueba de realidad para conocer que tan cierta es esta percepción de ser los mediadores de la relación. Si cuando dejamos de participar como terceros en la relación, notamos que existe un impacto en la calidad y mantenimiento de la misma, esto será un buen indicador de que es muy probable que nos hayamos colocado en el medio aún sin notarlo, será el momento de decidir cómo queremos que sea nuestra participación en la relación y qué lugar deseamos ocupar. Lo más importante en este caso y para cualquier relación será que tú decidas el grado de responsabilidad, participación y lugar que deseas asumir en la dinámica de la misma.
La manera más sana de participar en todas nuestras relaciones será lograr que estas se establezcan y funcionen entre dos, de ida y vuelta, bidireccional y sin involucrar ni incluir intermediarios. Este tercero irremediablemente ocupará el difícil y poco grato lugar de estar en el medio, donde casi seguro le tocara vivir y actuar mucho de los conflictos y malentendidos que se generan en la dinámica de la relación, cuando las otras partes no son capaces de comunicarse y establecer un vínculo sano. Una relación será siempre responsabilidad de sus miembros y son ellos, ambas partes, quienes deberán vivir y solucionar todo lo que acontece dentro del marco en que esta se ha creado.
Pongamos nuestra atención en reconocer el lugar que ocupamos en nuestras relaciones afectivas para decidir cómo deseamos sea nuestra participación en la misma. Fortalecer nuestro observador para decidir cómo deseamos construir y mantener el vínculo, al menos en la parte que nos toca. Se trata de ser y estar conscientes de lo que queremos en nuestras relaciones afectivas y cómo deseamos que estas sean, para actuar en consecuencia.