Para comunicarnos mejor.

En nuestras relaciones personales a veces tomamos decisiones que provocan algún tipo de conflicto o nos vemos inmersos en problemas que debemos solucionar de la mejor manera posible.  Muchas veces las situaciones de conflicto están relacionadas con límites que necesitamos establecer para mantener relaciones saludables en nuestra vida.

Todos tenemos necesidades diferentes que intentamos satisfacer a través de nuestras relaciones afectivas. Nuestras necesidades emocionales están determinadas por nuestro tipo de personalidad, así como nuestras creencias y valores. Habrá, por ejemplo, quien necesite tener la razón, afirmarse en su versión de la historia porque esto les da seguridad y necesita sentirse seguro. Hay otros que su necesidad primaria es tener paz y tratarán casi todo el tiempo de evitar el conflicto, en su creencia errónea de que la paz es la ausencia de conflictos. También están los que necesitan sentirse reconocidos, otros que buscan ser admirados, sobresalir y acaparar todos los reflectores, otros tener poder, ser fuertes, estar al mando, otros sentir que los necesitan, otros sentirse deseados, otros tener control, otros ser únicos, especiales y así sucesivamente. Las relaciones se van articulando sobre la base de las necesidades de quienes participan en ella. No siempre somos conscientes de cuáles son nuestras necesidades básicas en el área afectiva y emocional, estas permanecen en nuestro inconsciente y de igual manera determinan nuestro comportamiento y nuestra elección de pareja. Porque aunque nos resulte difícil de creer, el inconsciente manda…en especial a la hora de relacionarnos.

La comunicación es el medio para interactuar en todas nuestras relaciones. A través de la comunicación el vínculo se construye y permanece. Como dice el refrán, hablando la gente se entiende o al menos se enteran de que no se entienden. Cuando nos comunicamos con los demás, el “qué” es igual de importante que el “cómo” por lo que resulta crucial lograr el balance entre forma y contenido. Nos comunicamos para algo, es decir, hay un propósito y una intención en el diálogo. La manera cómo expresamos aquello que deseamos comunicar hace la diferencia y será decisivo para que logremos o no nuestro propósito.

Resulta muy buen punto de partida tener claro nuestro propósito, qué es lo que deseamos lograr con esa conversación y encontrar la manera más eficaz para transmitirlo. Valorar cuáles son las opciones que tenemos y elegir la que mejor nos garantice que logremos el resultado que deseas alcanzar con esa conversación. A continuación les presento otras recomendaciones que hacen del intento por comunicarnos y entendernos algo más simple y asertivo.

Es muy recomendable intentar sustituir los “pero” por “y”. El “pero” casi siempre invalida a la frase que lo precede y quien lo escucha solo recibe y procesa el mensaje después del “pero”.  El “y” suaviza el mensaje sobre todo restándole la carga negativa que podría proporcionarle el “pero” que impide que el otro incorpore lo positivo en la frase que le precedía. Es muy probable que cada uno de nosotros tenga algunos ejemplos en su vida con lo cual clarificar esto.

También resulta muy útil hablar en primera persona. Eliminar los “tú” que casi siempre traen un gustillo a reclamo. Esto es lo que se conoce como el Yo mensaje o “I message”, hablar en primera persona de lo que quieres, lo que sientes, lo que percibes, tu punto de vista, aquello que deseas, todo lo que “si” y lo que “no” en la relación en cuestión. Cada frase podría iniciar con:  A mí o me: A mí me pasa…A mí me molesta…A mí me lastima…A mí me enoja… A mí me gustaría…Me siento… Me afecta… Me parece…Me pone triste…Me gusta…etc. Con la genuina intención de contactar con el otro creando un espacio para el diálogo.

Siguiendo esta línea, busquemos evitar los términos absolutos como el “nunca” o “siempre”, “todo” “nada” y suavizarlos en el “casi” que resulta muy útil para evitar que el otro se atrinchere. Buscar el punto de encuentro mediante frases como “Pareciera, tengo la sensación”… sin interpretarnos y procurando hacer contacto con el otro desde nuestro Ser, haciendo a un lado al Ego que nos separa, divide y juzga.

Los problemas y conflictos son parte de la vida y de las relaciones con la pareja, la familia, los amigos, los conocidos y nuestros colegas del trabajo. Aprender a solucionar los problemas y conflictos comunicándonos de la mejor manera, constituye una de las habilidades más importantes que podemos adquirir y desarrollar en la vida en aras de mejorar nuestras relaciones. Para ello debemos observar, aprender y practicar todos los días. Cada día es una oportunidad para hacerlo mejor y para ser como nos gustaría, con nosotros y en todas nuestras relaciones.

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Amor: los que lo dan y los que lo toman.

En la dinámica de casi todas las relaciones humanas y según los diferentes tipos de personalidad, podemos distinguir dos grandes grupos de personas: las que dan y las que reciben amor. Es muy posible que alguna vez hayas escuchado decir eso de que en el amor están los quieren y los que se dejan querer.

La relación con las personas que dan amor suele ser fluida, transparente, agradable y sin mayores conflictos. Estas personas entregan amor de manera natural y sin esfuerzo por lo que suelen ser empáticas, consideradas, cariñosas, cordiales y afectuosas. Estar con ellas resulta muy agradable y de gran satisfacción. Uno se siente cómodo y a gusto en la relación, percibiendo una grata sensación de paz, comprensión y armonía.

Por su parte, la relación con las personas que en el amor esperan recibir, a veces no suele ser tan sencilla, fácil, diáfana, ni apacible porque está cargada de expectativas, se establece bajo las condiciones y necesidades de la persona que está en la actitud de recibir amor. En numerosas ocasiones esta manera de vincularse en el amor suele expresarse como exigencia y manifestarse de manera condicionada.

En toda relación debería existir un equilibro en la dinámica de tres elementos: dar, recibir y pedir. Saber pedir es esencial para construir una relación sana donde la comunicación funcione, porque es muy poco probable que alguien puede adivinarnos el pensamiento. Cuando el pedido de amor se realiza de manera directa, transparente y amable la relación se hace mucho más sencilla y fluida. Uno entiende y considera las necesidades emocionales y afectivas de la otra persona, por lo que nuestra esencia humana sensible al amor y a los otros, casi siempre satisface de manera natural este pedido.

La situación se complica cuando la manera de pedir amor suele ser indirecta y muchas veces se expresa de forma totalmente contraria a lo que la persona en realidad quiere y necesita. El pedido de amor se realiza de manera encubierta, disfrazado de distancia calculada, frialdad, ambivalencia, el juego de me acerco, me aseguro y me alejo, reclamo y rechazo, ataque y defensa. Nos llega en clave y de maneras tan desconcertantes e ininteligibles que resulta muy difícil darnos cuenta de que detrás del enojo castigador, la actitud de superioridad y control, la distancia y la manera tan confusa como nos tratan, hay un pedido de amor de forma equivocada y contraproducente. Las razones por las cuales el pedido de amor se realiza de manera indirecta, ambivalente y encubierta obedece casi siempre al miedo e inseguridades del otro expresados en todas sus variantes: miedo al rechazo, a no recibir lo que queremos, baja tolerancia a la frustración, temor a que te digan que no, o la creencia errónea de que mostrar nuestros sentimientos nos hace vulnerables o débiles.

Sabemos que comprender no justifica y que no tenemos por qué aceptar relaciones en las cuales sentimos que nos tratan mal, nos lastiman, nos manipulan y se ha perdido el equilibro en la dinámica de dar, recibir y pedir.

Entender que hay muchas maneras de pedir amor nos ayuda a mantener y construir nuestras relaciones del modo más sano posible con aquellas personas que su manera de pedir amor y afecto resulta contradictoria o difícil de entender. Se trata de evitar caer en su juego y no reaccionar a su estilo. Dejar de engancharnos, corresponder a su pedido de amor cuando así lo consideremos y sobre todo sin lastimarnos. Para reestablecer el equilibrio… y nuestra paz.

Es importante comprendernos y entender a los otros sin juzgar, siendo considerados con los sentimientos y necesidades de los otros, a la vez que reconocemos lo que queremos y necesitamos nosotros, en aras de mantener el más sano equilibrio en nuestras relaciones. Como nos recuerda aquel mandamiento, amarás a los otros cómo a ti mismo, no más que a ti mismo.

Debemos aceptar la realidad de que cada persona vive su proceso interior psicológico, emocional y espiritual, para evitar juzgar y prevenir engancharnos con aquel pedido de amor que nos llega expresado de la peor manera.

No tenemos el poder de cambiar la personalidad de los otros para que ellos se comporten y nos traten como quisiéramos. No tenemos ese poder, pero tenemos muchos otros poderes en nosotros y en nuestras relaciones, entre ellos no participar de su juego. Cuando se trata de los otros siempre tienes el poder de decidir si quieres o no participar de la relación, que tipo de relación quieres establecer, que nivel de cercanía, cuanto te quieres involucrar, decidir cómo quieres que sea tu parte, tu mitad en esa relación.

Procuremos dedicar nuestro tiempo y energía a nuestro proceso personal y aquello que queremos, haciendo contacto con los otros desde nuestro Ser con todo lo positivo que tenemos para entregar y compartir. Es importante que seamos capaces de relacionarnos con los otros de manera realista, sin juicios, para poder ver a los otros como son y decidir los niveles de relación y cercanía que nos sean posibles tomando en cuenta su impacto en nuestro bienestar.

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Aceptar nuestro enojo.

El enojo es un sentimiento y como cualquier otro sentimiento, no está ni bien ni mal y ni guarda relación con juicio moral alguno. Los sentimientos son sólo eso, lo que sentimos. No existe “bien o mal” en nuestros sentimientos, sólo en nuestras acciones y en nuestro comportamiento, en función del impacto que esto tiene para uno mismo y para quienes nos rodean.

Desde pequeños, en especial a las niñas, nos hicieron saber, creer y sentir de muchas maneras que enojarse estaba mal. Muchas de nosotras recordamos frases como: las niñas bonitas no se enojan, no te enojes que te ves fea, te enojas por todo, saca de ti a la niña mala… Y así crecimos, creyendo que enojarse estaba mal, representaba a una falta o un defecto en nosotras, por lo cual dejábamos de ser buenas o bonitas o más terrible aún, perdíamos la aprobación y el amor de las personas que queríamos. Nuestro enojo provocaba que dejáramos de sentirnos aceptadas y amadas.

Sin darnos cuenta comenzamos a reprimir o a negar nuestro enojo. Pero los sentimientos como los problemas no desaparecen porque uno no les preste atención, suele suceder todo lo contrario, por lo general crecen. Siguen ahí por más que nos empeñemos en mirar hacia otro lado.  El enojo que no queramos mirar hoy, lo tendremos que enfrentar más adelante y este suele salir en el peor momento o de la peor manera.

Recuerdo ahora una frase de alguno de esos griegos sabios que dice: cuando nos enojamos casi nunca es con la persona correcta, ni en el momento adecuado, ni en la justa medida. ¡Que cierto! Muchas veces desquitamos nuestro enojo y todas las frustraciones asociadas a este, con quien no tiene nada o muy poco que ver con su causa real. La cuerda siempre se rompe por el lado más débil y muchas veces actuamos nuestro enojo con quien no es.

Cuando te digan que no te enojes puedes explicar que estás en tu derecho de hacerlo y es tu deseo vivir tus sentimientos porque son parte importante de ti. Si es el otro quien tiene dificultades para lidiar y sobrellevar tu enojo, ese no es tu problema. No tienes que ser tú quien se reprima, deje de ser cómo eres y de sentir tus sentimientos para beneficio de los demás, para que los demás estén a gusto. Porque lo que nunca será saludable para ti es negar o reprimir tus sentimientos y vivir en función de cumplir con las expectativas que los otros se han formado sobre ti y cómo deberías ser.

Si estamos enojados, está muy bien sentirlo y validar ese sentimiento, es lo que nos mantiene emocionalmente sanos. Es muy saludable aprender a lidiar con nuestros enojos sin hacernos daño ni lastimar, ni a nosotros ni a los otros. Cuando aceptamos y entendemos nuestro enojo, estamos previniendo que este se endurezca y se transforme en resentimiento o barril de pólvora.

Resulta muy recomendable aprender a manejar el enojo de manera que sea beneficioso para nosotros y para nuestras relaciones. El enojo como cualquier sentimiento también tiene su lado positivo, sólo depende de cómo decidas encausarlo. El enojo es positivo cuando se transforma en motor, te pone en movimiento, te ayuda a establecer límites saludables para ti en tus relaciones y te provee la energía que necesitas para avanzar en la vida.

Escucha a tu enojo, él te está diciendo algo. Te está hablando de alguna necesidad, querencia o carencia no atendida. Te está diciendo qué quieres y qué necesitas, te está enseñando a ganar presencia y respeto en tu vida, a cuidarte y a ocuparte de ti.

Siente tu enojo, vívelo sin sentirte culpable, aprende de él, libéralo y libérate.

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Saber pedir.

Saber pedir es uno de los pilares básicos para una comunicación asertiva y nuestra responsabilidad en cualquier relación, porque es muy poco probable que los otros nos adivinen el pensamiento como por arte de magia. Esperar que los otros descifren nuestros deseos y necesidades como muestra de amor, cariño o consideración, sólo nos traerá frustración garantizada, porque el otro tendrá muy pocas probabilidades de acertar. Creo que adivinar los deseos de los otros está bastante por encima de nuestra capacidad humana.
Por mucho que nuestra pareja, hijos, familia y amigos nos quieran, convivan con nosotros y participen de nuestra vida, ellos no tienen la capacidad de adivinar nuestros deseos y necesidades. Y esto va de ida y vuelta, ni ellos podrán adivinarnos, ni nosotros a ellos.
Por eso, es una gran virtud aprender a decir y pedir lo que necesitamos, queremos o deseamos. Aprender a pedirlo desde nuestro lado amable o cuando menos de la mejor manera posible. Hay un dicho que nos recuerda que en el pedir está el dar. En la manera que pedimos las cosas, estás nos serán entregadas.
Tendremos muchas más posibilidades de éxito para recibir aquello que pedimos, si lo hacemos de una manera positiva, amable y directa. Se trata de hacerlo simple. Pide lo que quieres evitando quejas, reproches o descargando tu malestar. Comienza con el final en mente: ¿qué es lo que quieres lograr? Y sólo pide eso, en una frase simple, evitando que esta vaya precedida de todo el bagaje emocional que podría impedir que el propósito del mensaje llegue.
La comunicación es el camino para llegar a entendernos, dar y recibir, buscar las coincidencias y respetar las diferencias en cualquier relación. Es el puente que nos une y nos permite hacer contacto con los otros, para construir y mejorar nuestras relaciones.
Hagamos de la comunicación, un proceso simple, positivo y de acercamiento, donde no haya necesidad de interpretarnos, ponerse a la defensiva, ni descifrar las intenciones del otro. Todo esto enturbia y desgasta la relación. Nos alejamos irremediablemente cuando cada uno se queda atrincherado en su ego sin voluntad para entendernos ni dialogar. Construyamos un espacio común de comprensión y entendimiento, sin juzgar ni juzgarnos, donde lo positivo de todos sea posible, hablando y escuchando desde nuestro Ser.

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Ser no es tener, ni viceversa.

La persona más feliz no es la que más tiene si no la que disfruta y agradece todo lo que tiene. En las sociedades occidentales es muy común que las personas sean valoradas y reconocidas por lo que tienen, por su nivel de bienestar económico y material. Nos venden la idea de que eres lo que haces y vales por lo que tienes. Y así, incorporamos la creencia errónea de que tu valía personal está determinada por lo tus bienes materiales, por lo cual mientras más tienes y acumulas, más valioso o valiosa serás.
Es por ello que al vivir tan ocupados por tener, acumular y presumir lo que tenemos, nos olvidamos de ser. Dedicamos nuestro tiempo, energía y esfuerzo en hacer para tener, en el entendido de que una vez que poseemos aquello que deseamos, el disfrute de todo lo obtenido vendrá por añadidura.
El asunto es que no lo vemos porque estamos tan ocupados en conseguir lo que nos falta, que no vemos ni disfrutamos todo lo que tenemos. Caemos en una trampa emocional de ansiedad y avidez que nos arrastra, donde casi todo el tiempo estamos persiguiendo una felicidad que se nos evapora una vez que poseemos lo que tanto habíamos deseado. Otras veces, nos deshacemos en lamentos y quejas por aquello que nos falta, nuestra energía se agota sin que podamos llegar a apreciar ni disfrutar todo lo sí que tenemos.
De este modo, pasamos a vivir en un estado de ansiedad e insatisfacción permanente porque hemos confundido ser con tener. Nos hemos identificados con lo que no somos. Para hacerlo peor nos comparamos con los demás, comenzamos a ver lo que han conseguido los otros, para seguir sumando insatisfacción a nuestras vidas. Y repetimos aquella frase que nos recuerda que el césped del vecino siempre se ve más verde.
Y así vamos por la vida hasta que el alma aguante, hasta que llegue ese día en que te sientes tan mal que ya no puedes más. Te das cuenta de que evidentemente has pasado años buscando la felicidad donde no está. Llegó el momento de detenerse para cuestionar nuestras creencias, hacerlas consientes y poder crear la vida que tú quieres. Ahora tienes la oportunidad de comenzar de nuevo, esta vez contigo, buscando tu bienestar dentro de ti. Por variar o por probar o hasta por sentido práctico puedes plantearte que si llevas años buscando tu felicidad afuera sin éxito, podrías intentar esta vez buscarla dentro de ti. Es el momento de comenzar a entender qué nos pasa y cuál es la causa del malestar y las insatisfacciones que llevamos cargando por tanto tiempo.
Contrario a lo que algunos pensarían, las crisis emocionales no nos enferman, en realidad nos salvan. Nos hacen detenernos y replantearnos el camino. Son la puerta de salida de emergencia hacia un nuevo nivel de conciencia que te permite una experiencia de vida plena. Tocar fondo es el primer paso para encontrar una solución a nuestras insatisfacciones, para recuperar nuestro bienestar que es el equivalente a nuestra salud en el sentido más amplio de la palabra.
Asistimos al inicio de un camino de búsqueda personal, avanzando hacia el encuentro con uno mismo, para descubrir quién eres y conectar con todos tus recursos interiores. A partir de aquí comenzarás a conocer casi todo sobre ti mismo, cómo eres y cómo no eres, qué quieres, qué te hace sentir bien, qué necesitas, en qué crees, cuál es tu camino.
No te angusties ni te desanimes si las respuestas no llegan con claridad en el momento que más lo deseas. Darse cuenta y tomar conciencia es un proceso y como todo proceso lleva tiempo y no es lineal. Regálate tiempo para conectar contigo, con tu Ser y con todo aquello que te hace sentir bien. Muchas veces las respuestas aparecen en el silencio. La claridad nos llega en retrospectiva y cuando miras hacia atrás todo tiene sentido. Cuentas con hoy y ahora e infinitas posibilidades dentro de ti para crear la vida que deseas.
Y recuerda siempre que vales por la persona que eres.

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Míralo, aprende de ello, acéptalo y déjalo ir!

La psiquis, nuestro cuerpo psicológico y emocional, es como un telar que se encuentra tejiendo de manera continua, permanente y sin detenerse, desde el primer instante de nuestra vida. Cuando vivimos situaciones y experiencias emocionales difíciles y dolorosas que han dejado una huella profunda en nuestra psiquis, se forma un nudo en el tejido de nuestro telar. Se ha creado un nudo, pero el telar no se detiene nunca, sigue tejiendo todo el tiempo sin parar, la vida continúa y nosotros en ella, cargando con nuestros nudos.

La negación es casi siempre el primer mecanismo de defensa que se activa cuando pasamos por situaciones emocionales que nos superan.  Los mecanismos de defensa se activan de manera inconsciente y este en particular, puede resultar por igual nuestro mejor amigo o nuestro peor enemigo, según la etapa de la vida en la que nos encontremos.

La negación se presenta como un gran aliado en especial durante la infancia y la adolescencia, cuando vivimos situaciones emocionales que nos rebasan y para las cuales no tenemos aún la capacidad psicológica ni emocional de comprender y procesar. En esas experiencias la negación es una especie de salvavidas que nos rescata del naufragio y nos asegura la supervivencia.

Una vez que somos adultos, se nos pueden presentar situaciones similares o parecidas o que sin razón aparente provocan emociones y sentimientos que nos trasladan a esa otra experiencia del pasado cuando se formó el nudo emocional en nuestro tejido. En esta ocasión es muy probable que se active otra vez la negación como recurso psicológico para superar nuestro malestar, miedo o frustración. Es precisamente en este caso cuando la negación se convierte en nuestro enemigo, porque nos está privando la oportunidad de, ahora como adultos, aprender de esta experiencia y aprovechar esta oportunidad para sanar y deshacer el nudo.

La psiquis es atemporal, los traumas del pasado pueden ser tratados y sanados como si estuviesen ocurriendo hoy. Esto resulta muy positivo y alentador porque nunca es tarde para sanar y siempre es posible hacerlo. El primer paso es reconocer cuando un evento del presente nos conecta a una herida emocional del pasado e identificar si se activa la negación en automático como mecanismo de defensa. Comenzar a ser conscientes de nuestra reacción, identificar las emociones que sentimos a consecuencia de lo sucedido y permitirnos experimentar estas emociones desde la conciencia de saber que lo que siento está conectado a un nudo emocional del pasado que hoy como adultos y usando nuestros recursos, podemos comenzar a deshacer. Se trata de mirar lo sucedido, comprenderlo, perdonar y perdonarnos con profunda compasión, sin juzgarnos ni criticarnos, porque casi siempre somos nuestros peores jueces. Hiciste lo mejor que podías con lo que sabías en aquel momento.

Para iniciar el proceso de sanar, debemos reconocer que tenemos un nudo psicológico y emocional producto de una experiencia del pasado, comprender lo sucedido, aprender de esta experiencia incorporando sus lecciones, aceptarlo y dejarlo ir. La aceptación es un proceso activo que consiste en reflexionar sobre esa experiencia del pasado con el propósito de aprender las lecciones que nos fueron entregadas a través de lo vivido, para sacarle provecho a la experiencia y beneficiarse de lo aprendido. Sacarle provecho significa usar las lecciones aprendidas para crear nuestro presente y nuestra experiencia de vida con un nuevo nivel de conciencia que sume y aporte a nuestro bienestar emocional. De este modo, podremos desatar nuestros nudos con amor y comprensión, aprendiendo de la experiencia y utilizar lo aprendido para sanar, tratándonos como lo harías con la persona que más amas en tu vida. Esta vez esa esa persona eres tú.

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La vida es como uno quiera mirarla.

Esta es una de mis mayores certezas de vida, aquello en lo que creo profundamente. Cuando uno cambia la manera de mirar lo que ocurre afuera de nosotros: las situaciones, eventos, personas, conflictos y todo lo que conforma nuestro entorno, cambia. La manera en que percibimos e interpretamos el mundo que nos rodea, determina cómo nos relacionamos y respondemos a lo que sucede en el exterior e influye directamente en nuestro bienestar.

En la mañana cuando dejo a mis hijas en el colegio, casi siempre les digo antes de despedirnos: pónganse los lentes mágicos para ver lo bueno…y luego me cuentan lo qué vieron. Lo segundo no tiene mucho que ver con la manera de mirar la vida, pero es mi manera de hacerles saber que me encanta escucharlas y me tienen ahí siempre para compartir todo lo que quieran contarme.

Nuestra actitud hace la diferencia en la manera de estar y participar de la vida. Si pudiéramos medir nuestra experiencia de vida con una cinta métrica, lo que ocurre afuera marcaría una pequeña parte de la cinta y el resto, la mayor parte, se corresponde con la manera como respondemos a todo aquello que sucede en el exterior. Esta porción mucho mayor representa nuestra actitud. Se trata de recordar esta regla del 90/10 para crear nuestra experiencia de vida. En la cual el 10% representa lo que sucede afuera pero el 90%, cómo nos relacionamos con lo que sucede en el mundo exterior.

Lo mejor de toda esta historia es que la actitud es algo que depende únicamente de nosotros, que podemos modificarla y elegirla una vez que lo hacemos consciente. Cuando hemos despertado dentro de nosotros ese poder, podemos comenzar a usarlo. Resulta muy esperanzador saber que la solución para sentirnos bien está en nosotros y en cómo decidimos mirar la vida.

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