Aceptar nuestro enojo.

El enojo es un sentimiento y como cualquier otro sentimiento, no está ni bien ni mal y ni guarda relación con juicio moral alguno. Los sentimientos son sólo eso, lo que sentimos. No existe “bien o mal” en nuestros sentimientos, sólo en nuestras acciones y en nuestro comportamiento, en función del impacto que esto tiene para uno mismo y para quienes nos rodean.

Desde pequeños, en especial a las niñas, nos hicieron saber, creer y sentir de muchas maneras que enojarse estaba mal. Muchas de nosotras recordamos frases como: las niñas bonitas no se enojan, no te enojes que te ves fea, te enojas por todo, saca de ti a la niña mala… Y así crecimos, creyendo que enojarse estaba mal, representaba a una falta o un defecto en nosotras, por lo cual dejábamos de ser buenas o bonitas o más terrible aún, perdíamos la aprobación y el amor de las personas que queríamos. Nuestro enojo provocaba que dejáramos de sentirnos aceptadas y amadas.

Sin darnos cuenta comenzamos a reprimir o a negar nuestro enojo. Pero los sentimientos como los problemas no desaparecen porque uno no les preste atención, suele suceder todo lo contrario, por lo general crecen. Siguen ahí por más que nos empeñemos en mirar hacia otro lado.  El enojo que no queramos mirar hoy, lo tendremos que enfrentar más adelante y este suele salir en el peor momento o de la peor manera.

Recuerdo ahora una frase de alguno de esos griegos sabios que dice: cuando nos enojamos casi nunca es con la persona correcta, ni en el momento adecuado, ni en la justa medida. ¡Que cierto! Muchas veces desquitamos nuestro enojo y todas las frustraciones asociadas a este, con quien no tiene nada o muy poco que ver con su causa real. La cuerda siempre se rompe por el lado más débil y muchas veces actuamos nuestro enojo con quien no es.

Cuando te digan que no te enojes puedes explicar que estás en tu derecho de hacerlo y es tu deseo vivir tus sentimientos porque son parte importante de ti. Si es el otro quien tiene dificultades para lidiar y sobrellevar tu enojo, ese no es tu problema. No tienes que ser tú quien se reprima, deje de ser cómo eres y de sentir tus sentimientos para beneficio de los demás, para que los demás estén a gusto. Porque lo que nunca será saludable para ti es negar o reprimir tus sentimientos y vivir en función de cumplir con las expectativas que los otros se han formado sobre ti y cómo deberías ser.

Si estamos enojados, está muy bien sentirlo y validar ese sentimiento, es lo que nos mantiene emocionalmente sanos. Es muy saludable aprender a lidiar con nuestros enojos sin hacernos daño ni lastimar, ni a nosotros ni a los otros. Cuando aceptamos y entendemos nuestro enojo, estamos previniendo que este se endurezca y se transforme en resentimiento o barril de pólvora.

Resulta muy recomendable aprender a manejar el enojo de manera que sea beneficioso para nosotros y para nuestras relaciones. El enojo como cualquier sentimiento también tiene su lado positivo, sólo depende de cómo decidas encausarlo. El enojo es positivo cuando se transforma en motor, te pone en movimiento, te ayuda a establecer límites saludables para ti en tus relaciones y te provee la energía que necesitas para avanzar en la vida.

Escucha a tu enojo, él te está diciendo algo. Te está hablando de alguna necesidad, querencia o carencia no atendida. Te está diciendo qué quieres y qué necesitas, te está enseñando a ganar presencia y respeto en tu vida, a cuidarte y a ocuparte de ti.

Siente tu enojo, vívelo sin sentirte culpable, aprende de él, libéralo y libérate.

enojo

 

No Expectations

Esta fue la frase con la que me rescaté aquella mañana cuando iba de camino a llevar a mis hijas a la escuela. Me vino en inglés porque en la ciudad donde vivo se pasa del inglés al español con tanta facilidad que pareciera que ambos idiomas son parte de un mismo lenguaje, mucho más amplio y abarcador.  Me repetía como un mal mantra varias ideas, bastante desalentadoras, sobre el curso que comenzaré en unas semanas.  Esto como todo lo nuevo y que además implica un cambio, se había apoderado de gran parte de mis pensamientos. Y allí andaba yo rumiando preocupaciones y volcada al futuro, anticipando situaciones difíciles y proyectando mis dudas. Así que me bastó esta frase contundente para romper con este círculo vicioso y pernicioso de la mente.

Para mí la espiritualidad es esa conexión interior con nuestro Ser y la energía vital del universo que se manifiesta en el exterior de múltiples maneras y formas diversas. Creo que todo y todos estamos interconectados a una misma y única esencia de energía y vida. Las experiencias que nos sacan de nuestra zona de confort nos ayudan a darnos cuenta de cuánto hemos avanzado y cuánto podemos avanzar aún en el camino de la espiritualidad con todo lo bueno que ello implica. Son oportunidades para fortalecer el músculo de la fe, la confianza en uno mismo y en el proceso de la vida.

Me hizo sentir mejor la decisión de anular mis expectativas, cancelar los pensamientos perjudiciales y quedarme con la certeza de que estoy con Dios (o como le llames aquello en lo que crees) y me tengo a mí para encontrar soluciones y superar todo lo que el futuro me depare. Porque todo cuanto viva me hará crecer. Tengo una profunda fe en la vida y sus planes, por un lado, y del otro, en mí y mis recursos.

La única garantía que uno tiene en esta vida es uno mismo, la confianza en uno, en sus capacidades y recursos, internos y externos, para poder superar las situaciones adversas del camino. El propósito es aprender de la experiencia y atesorar lo aprendido para usarlo más adelante por si hiciera falta. También compartir las lecciones recibidas con aquellos que podrían beneficiarse de lo aprendido para avanzar y encontrar soluciones en su propio camino.

Unas horas más tarde estaba muy a gusto conversando en un desayuno con unas amigas. Al rato de comenzar la plática una de ellas comenta la desilusión que sentía porque había esperado una respuesta más cercana y cálida de un grupo nuevo que venía conociendo, para que este participara en los eventos que ella organiza.  Me regrese directo y sin escala a pensar otra vez en las expectativas y todas las desilusiones derivadas de estas cuando no se cumplen. Nuestras elevadas expectativas sobre eventos, experiencias y personas nos llevan casi siempre y de manera irremediable a pasarla mal, en especial cuando la realidad se queda bastante por debajo de lo que nos gustaría.

Las expectativas son parte de nuestra naturaleza humana, todos esperamos y nos ilusionamos con aquello que deseamos ocurra. Se trata de tener expectativas con cierta dosis de realismo que nos ayuden a vivir en el presente, un día a la vez, cada día con lo que trae y lo que toca, con gratitud y aceptación. Si vas a esperar, espera lo mejor de ti que quedará expuesto en cada experiencia de la vida. Las lecciones aprendidas en cada paso del camino nos han convertido en la persona que somos hoy. Por eso la vida es nuestro mejor gurú.

Al final será regresar a lo básico: encontrar el equilibrio entre presente y futuro. Expectativas y realidad. Aprendiendo a disfrutar del proceso sin aferrarnos a un resultado específico, para dejar de pelearnos con la realidad cuando esta resulte diferente. Otra de mis certezas de vida es que todo lo que está en equilibrio está bien. Cuando digo está bien voy más allá de cualquier juicio moral, significa que nos hace bien, contribuye a nuestro bienestar.

Tener expectativas es muy humano, como tantas otras cosas que también son muy humanas y no por ello nos hacen más felices o ni siquiera nos ayudan a sentirnos bien.  Creo que a todos nos vendría bien comenzar a reconocer aquellas actitudes, hábitos y trampas del ego que nos impiden vivir en el ahora, limitando nuestro bienestar y nuestro disfrute por la vida.  La buena noticia es que darnos cuenta es el primer paso para cambiar aquello que no nos hace bien y comenzar a ejercitar aquellas cualidades y hábitos que sumen a nuestro proceso de crecimiento personal y redunden en nuestro bienestar.

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