Para dejar de triangular.

El universo de nuestras relaciones afectivas incluye a todas aquellas personas con las que interactuamos en esta área de nuestra vida. Para construir el vínculo en cualquier relación, lo más saludable será que la misma se establezcan entre las dos partes que la conforman, manteniendo una interacción y comunicación “uno a uno”, de manera bidireccional y tratando de evitar intermediarios. La relación directa, evitando incluir a un tercero que intervenga para bien, ayudándonos a construir el vínculo o para mal, acrecentando la distancia; permite establecer una relación real con el otro y de este modo impedir las distorsiones propias de las fallas de comunicación que afectan a cualquier relación.
Es por ello que estar en la posición de mediadores, será casi siempre el peor lugar para participar en una relación. Se trata de evitar ponernos o dejar que otros nos pongan en el medio porque ya bastante complicada y deficiente resulta a veces la comunicación entre dos, como para además incluir a un tercero que reciba, intérprete y transmita, añadiendo al entuerto su visión muy particular y agregando interferencias a la relación.
Algunos de nosotros nos hemos visto en la penosa situación de encontrarnos mediando en las relaciones de otros y lidiando con la carga emocional que representa estar en el medio. Nos pasa con frecuencia a la madres cuando somos las mediadoras en la dinámica familiar entre los hijos con sus padres y viceversa. Para no favorecer a la figura de la madre en detrimento de la paterna y en aras de ser justos, pongámoslo mejor de este modo: cuando uno de los padres es el pivote sobre el cual se articula la relación padres-hijos. Esta parte en la cual se triangula la relación, se ve actuando muchas veces de manera inconsciente las expectativas, las creencias sobre la manera de educar, las insatisfacciones y malestar de la pareja con relación a las actitudes y comportamiento de los hijos, convirtiéndose en la parte activa de la relación para lograr la convivencia familiar armónica, intentando la contención de unos y otros a la hora de solucionar conflictos, sirviendo de canal de comunicación de los hijos hacia el padre/madre, a veces como depósito para unos y otros, intentando enmendar y componer las situaciones, problemas y malos entendidos o como rompeolas cuando las emociones se desbordan de uno u otro lado.
Si nos detenemos a reflexionar sobre nuestras relaciones en las diferentes etapas de la vida, casi todos encontraremos ejemplos cercanos en nuestra historia personal donde hemos ocupado la difícil posición de estar en el medio. Nos sucede a veces cuando somos el eslabón que mantiene la relación con la familia política, cuando mediamos en la relación entre alguna amiga y su pareja, en especial cuando uno es más joven y busca el apoyo de las amigas o amigos para acercarse a aquel chico o chica que nos gusta. Nos hemos visto otra vez colocados en el medio armonizando diferencias, a veces en la relación de nuestros padres, entre hermanos, entre amigos y así, una larga lista de situaciones que se prestan para estar en la desafortunada posición que nos coloca en el medio, triangulando, actuando como pivote en las relación de los otros y viviendo las consecuencias.
Se trata de estar atentos y muy despiertos para darnos cuenta cuando nos hemos o nos han colocando en el medio en las relaciones de otros, para decidir si queremos o no estar en esa posición, para salirnos de este lugar lo antes posible si así lo deseamos y regresar de este modo la responsabilidad de la relación a sus miembros, para que ambas partes se comuniquen y construyan el vínculo sobre la base de quién es, cómo es y qué tipo de relación desean construir.
Para reconocer si estamos en el medio de una relación, basta con que evaluemos nuestro grado de participación en la misma. Si tenemos la sensación de que la relación se mantiene en gran medida gracias a nuestra presencia en ella, podemos tomar distancia, dejar de actuar como pivote, permitir que este espacio que se libera sea ocupado y asumido por las otras dos partes de la relación y pasar a tener un papel menos activo en la misma. De este modo, estaremos haciendo prueba de realidad para conocer que tan cierta es esta percepción de ser los mediadores de la relación. Si cuando dejamos de participar como terceros en la relación, notamos que existe un impacto en la calidad y mantenimiento de la misma, esto será un buen indicador de que es muy probable que nos hayamos colocado en el medio aún sin notarlo, será el momento de decidir cómo queremos que sea nuestra participación en la relación y qué lugar deseamos ocupar. Lo más importante en este caso y para cualquier relación será que tú decidas el grado de responsabilidad, participación y lugar que deseas asumir en la dinámica de la misma.
La manera más sana de participar en todas nuestras relaciones será lograr que estas se establezcan y funcionen entre dos, de ida y vuelta, bidireccional y sin involucrar ni incluir intermediarios. Este tercero irremediablemente ocupará el difícil y poco grato lugar de estar en el medio, donde casi seguro le tocara vivir y actuar mucho de los conflictos y malentendidos que se generan en la dinámica de la relación, cuando las otras partes no son capaces de comunicarse y establecer un vínculo sano. Una relación será siempre responsabilidad de sus miembros y son ellos, ambas partes, quienes deberán vivir y solucionar todo lo que acontece dentro del marco en que esta se ha creado.
Pongamos nuestra atención en reconocer el lugar que ocupamos en nuestras relaciones afectivas para decidir cómo deseamos sea nuestra participación en la misma. Fortalecer nuestro observador para decidir cómo deseamos construir y mantener el vínculo, al menos en la parte que nos toca. Se trata de ser y estar conscientes de lo que queremos en nuestras relaciones afectivas y cómo deseamos que estas sean, para actuar en consecuencia.

En la comunión de las almas.

A Gabriel García Márquez

Nadie como tú para navegar con absoluta libertad en los mares desconocidos de la palabra, para fluir a tu antojo en aguas inexploradas, hilvanando frases mágicas y reales donde narrar lo indescriptible. El universo de las palabras puesto al servicio de los sentimientos, en ese acierto tan tuyo, único y personal de traducir lo que habita en el alma para expresar lo indecible. Eres la transfiguración del milagro y el talento, la huella eterna de lo divino en este mundo. La esperanza de la vida y la certeza del amor infinito como amuleto irreverente desafiando a la soledad.

Leerte siempre será un deleite superior donde encontrarle sentido a esta existencia, para resonar con lo mejor de nosotros mismos, en ese recinto interior donde confluye en armonía lo humano y lo divino, donde constatar nuestro sentido de pertenencia e identidad. Compartir la travesía en cada una de tus historias, fue la prueba irrefutable de la existencia del alma. Tus libros crearon ese espacio sin tiempo donde encontrarnos y comulgar, desde la esencia del Ser.

El opuesto de morir no es vivir, en realidad lo contrario de morir es nacer. La muerte es un paso más en el camino de la vida y su verdadero significado es transformación, para continuar el viaje esta vez desde otra dimensión y quedarnos por siempre habitando en el amor y luz, en la memoria perenne y lo infinito. En el corazón de quienes nos acompañaron en el camino.

Hubo un antes y un después cuando llegaste a mi vida. Creció mi mundo, esta vez hacia adentro y para siempre, me llevaste de la mano en un viaje sin retorno hacia la plenitud de mi alma. Gracias por enseñarme a volar, por iluminar con historias mi espacio interior, por llevarme a vivir en el universo real de los sueños y mantenerme por siempre fiel a la magia de los sentimientos.  Me quedo en tu paz.

¿Por qué sufrimos?

Todo aquello que no somos capaces de aceptar es la principal fuente de nuestro sufrimiento. Nos peleamos con la realidad, ponemos resistencia y comenzamos a pasarla mal. Los hechos por lo general son neutros. Son nuestras interpretaciones a lo que ocurre fuera lo que nos provocan malestar, sufrimiento o insatisfacción. Resulta importante poder separar la interpretación de los hechos, de lo sucedido. No se trata de negar lo que ha sucedido si no de evitar que esto tenga un efecto emocional negativo en nuestro bienestar e impedir que pueda sabotear nuestra felicidad.

El sufrimiento es opcional porque uno tiene el poder de elegir aquello que quiere creer, uno decide a cuál pensamiento se ata y dónde pone su atención. Es cierto que en muchas ocasiones esta decisión es completamente inconsciente por lo que se trata de hacerla consciente, de darnos cuenta para identificar aquel pensamiento que hemos decidido creernos y que nos provoca la emoción que sentimos. Cada emoción que experimentamos es provocada por un pensamiento asociado a esta. Sucede que los pensamientos viajan demasiado rápido y casi nunca solos, por lo que resulta difícil reconocerlos e identificar cuál es el pensamiento específico que nos provoca determinada emoción.

El primer paso para dejar ir a los pensamientos que nos hacen sentir mal es darnos cuenta, reconociendo la historia que nos hemos decidido creer. Hacer consciente el cuento que me cuento. Como historia me refiero a la secuencia de pensamientos asociados a esa situación, persona o relación. Se trata de identificar cuál es el o los pensamientos que decidimos creernos y que nos habla a través de nuestro sufrimiento.

Una vez que hayamos identificado cuál es el pensamiento que nos provoca la emoción que sentimos, la interpretación que asumimos como cierta y qué resulta la causa de nuestro malestar, lo siguiente será comenzar a cuestionarlo: ¿Es esto verdad? ¿Es este pensamiento cierto? ¿Cómo puedo estar completamente segura de que ese pensamiento es cierto? ¿Cómo reacciono, qué pasa cuando creo en ese pensamiento? ¿Cómo me comporto, cómo trato al otro o los otros cuando creo en ese pensamiento? ¿Cómo sería yo sin ese pensamiento? ¿Cómo sería este momento sin ese pensamiento? ¿Dónde quiero poner mi atención? Son algunas de las preguntas que podemos hacernos es este proceso de cuestionarnos aquello que decidimos creer que nos hace daño y por lo cual sufrimos.

Se trata de observar nuestros pensamientos sin identificarnos con ellos, simplemente reconocer aquel o aquellos pensamientos que nos provocan sufrimiento para cuestionarlos, aprender de ellos y dejarlos ir. De este modo ya no tendrán mayor impacto en nuestro bienestar. Es cuando elegimos creemos un pensamiento desfavorable lo que nos lleva a sentirnos mal, es ahí cuando inicia nuestro peregrinar hacia el sufrimiento.

Las expectativas y el apego suelen estar casi siempre asociados a las interpretaciones y pensamientos que generan gran parte de nuestro sufrimiento. Nuestras expectativas representan aquello que nos gustaría, ese ideal que esperamos y deseamos ocurra. Nuestro sufrimiento es directamente proporcional al nivel de nuestras expectativas. Mientras mayor sea el espacio entre nuestra idealización y la realidad, mayor será la cuota de sufrimiento, porque participamos de la vida desde un ideal que evidentemente no coincide con la realidad. Acá es donde resulta imprescindible practicar la aceptación como un proceso activo, para tener un enfoque objetivo y sacar el mejor provecho de la realidad, dejar de pelearnos con ella para encontrar la manera de estar lo mejor posible.

El apego es el resultado de relacionarnos desde la carencia. Intentamos llenar nuestros vacíos desde el exterior. De este modo y sin darnos cuenta, vivimos con el miedo permanente a perder aquello que hemos creído es la fuente de nuestro bienestar. Y acá llegamos al cuento del gato que se muerde la cola porque relacionarnos desde el miedo y la necesidad nos genera dependencia y mayor infelicidad. Todos tenemos vacíos y se trata de aprender a gestionarlos desde nuestro interior, llenándolos de nosotros mismos, reconociendo que tenemos el poder de elegir cómo queremos vivir.

Otras de las maneras más rápidas y efectivas para pasarla mal es compararnos y quejarnos, por la sencilla razón que estamos poniendo nuestra atención en lo que nos falta, en aquello que no está o que se presenta de manera diferente a cómo nos gustaría y deseamos que fuera. Las comparaciones son odiosas e injustas porque casi siempre comparamos el pedacito luminoso y deseable que podemos percibir de los otros, con todo lo que no nos gusta o quisiéramos fuese diferente en nosotros o en nuestra vida. Comparamos peras con manzanas por lo que casi siempre salimos perdiendo. Damos una interpretación equivocada a la realidad y ponemos nuestra atención en aquella parte que no nos satisface, aquella situación o relación que se presenta distinta a como quisiéramos o nos gustaría que fuera.

A su vez, resulta imprescindible aprender a transitar nuestras emociones. Observarnos, reconocerlas, identificar y cuestionar el pensamiento que nos provoca esa emoción, aprender de ella para liberarla, dejarla ir. Las emociones son mensajeros que nos viene a enseñar algo valioso y necesario para nuestra evolución hacia un nuevo nivel de conciencia. Cuando nos damos el permiso de sentir y transitar nuestras emociones, podemos llegar al origen de nuestro sufrimiento, de nuestra herida, para aprender las lecciones de vida importantes para nosotros que están ahí, en nuestro núcleo de sabiduría.

Otra manera rápida y efectiva para dejar de sufrir es conectarnos con el momento presente y comenzar a agradecer por todo lo que forma parte de nuestra vida. En el momento que ponemos toda nuestra atención en el ahora y en la gratitud, nos conectamos a nuestra esencia, entramos en un espacio interior de paz que nos produce bienestar. Todos los pensamientos, emociones y acciones que surjan desde este estado, tendrán un efecto positivo, nos conducirán a un mayor nivel de conciencia y de autoconocimiento en el camino hacia nuestro crecimiento personal.

En lo profundo de nuestras heridas se encuentran las lecciones que necesitamos aprender, el espacio de conciencia y la energía que requerimos para seguir avanzando en el camino de la vida. Todos podemos practicar la pausa para transitar nuestras emociones. El sufrimiento sólo habita en nosotros cuando no nos cuestionamos aquello que decidimos creernos y que nos hace daño. Son las interpretaciones desfavorables que damos a lo que ocurre en nuestro entorno lo que origina la emoción que experimentamos. Se trata de identificar aquel pensamiento que nos provoca sufrimiento para cuestionarlo y aprender la lección que nos viene a enseñar, para crecer y sanar desde adentro. Para dejarlo ir…como a las nubes en el cielo.

El desapego desde el amor.

A veces pasamos buena parte de nuestro tiempo peleándonos con la realidad cuando se trata de ciertas personas y situaciones en nuestra vida. Nos desgastamos intentando que alguien nos ame de determinada manera cuando esta persona no puede hacer otra cosa que amarnos a través de la persona que es. Al final o desde el principio, cada uno ama según su tipo de personalidad que determina cómo interpreta la realidad, piensa, siente y actúa. Sabemos cuánta frustración, enojo y dolor nos produce esperar algo de alguien que sencillamente no te lo puede dar.

Cuando las personas que amamos actúan y se comportan de manera diferente a cómo quisiéramos o nos gustaría, casi siempre reaccionamos desde nuestra frustración, dolor y enojo ante esta situación. El otro también reacciona movido por sentimientos similares, el problema crece y el conflicto se hace cada vez mayor. Nos consumimos y agotamos en el drama.

Este es el momento para comenzar a practicar el desapego. Eso no significa que dejemos de querer a esa persona, si no que hemos comenzado a mirar y aceptar la realidad tal y cómo es, no como nos gustaría que fuese.  Le permitimos a esa persona ser quien realmente es y dejamos de desgastarnos en el intento infructuoso de que sea alguien diferente.

Validamos nuestros sentimientos e iniciamos los primeros pasos en el camino del desapego para dejar de participar de una dinámica que nos produce infelicidad y mucho dolor.  Se trata de aprender a amar y a relacionarnos con los otros tomando en cuenta la realidad y aceptando cómo es la otra persona. Los otros casi siempre nos dicen cómo son, somos nosotros los que nos empeñamos en no verlo. A través de sus decisiones, comentarios, acciones, respuestas, cómo nos tratan y cómo se comportan en la relación, los otros nos están diciendo cómo son y qué quieren, se están definiendo a ellos mismos y esto nada tiene que ver con quién o cómo eres tú. Cómo son los otros es algo que no depende de ti. Intentar que el otro cambie es un desgaste inútil porque no tenemos ese poder. Las personas cambian, pero nadie cambia por otro. Cambiar es un acto de decisión personal.

En el proceso de desapego desde el amor se abre la oportunidad de replantearnos nuestras relaciones sobre nuevas bases, tomando en cuenta quiénes somos, cómo somos, cuáles son nuestras necesidades y lo que queremos, redefiniendo que es importante para nosotros en la relación, abriendo nuestras manos para dejar ir y dejar ser. Se trata de regresar la atención hacia uno mismo para restablecer el vínculo contigo y reducir el impacto emocional que nos producen las acciones de los otros, para lograr que te afecte cada vez menos, para construir una dinámica más sana donde tu bienestar y felicidad dependa principalmente de ti mismo.

De este modo, asumimos la responsabilidad con nosotros de querernos, atendernos y cuidarnos. Le entregamos al otro la libertad y la posibilidad de ser quien es del mismo modo que recibimos nuestra libertad y nuestra vida de vuelta. Podemos decidir qué tipo de relación queremos establecer y cómo vamos a participar en ella, tomando en cuenta la realidad y todo aquello qué es importante para nosotros.

En el proceso de desapego validamos nuestros sentimientos y reconocemos que detrás del apego está el miedo. Miedo a la separación, a la pérdida, a sentirnos solos, a contactar con nuestro vacío interior y demás, lo cual nos hace sentir ansiosos, depender y necesitar al otro. Para comprender nuestros miedos y llenar nuestro vacío, es importante comenzar a confiar en nosotros mismos, desarrollar el amor propio y entender que en esta vida todo es temporal, lo cual me conduce a apreciar y disfrutar el presente y todo lo que tengo, con la certeza de que dada esta dinámica de temporalidad todo circula y nada se termina, solamente se trasforma. Cada uno tiene su camino y somos compañeros de ruta por lo que dure el trayecto.

En el camino hacia el desapego asumimos nuestra responsabilidad con nuestro bienestar atendiendo a nuestras necesidades afectivas y emocionales, participando en las diferentes áreas de nuestra vida donde existen otras fuentes de bienestar y cariño. Aceptamos la realidad y cómo es el otro porque aquello que no somos capaces de aceptar es la fuente primaria de nuestro sufrimiento. Buscamos llegar a ese espacio de compasión y gratitud donde dejamos ser al otro, al mismo tiempo que nos liberamos a nosotros mismos de toda la energía negativa inherente a la situación.

No somos responsable de lo que hacen y deciden los demás. Si la otra persona le dedica la mayor parte de su tiempo y atención al trabajo, a sus amigos, a su familia, a cierto hobby, a su grupo religioso, a su negatividad, a su necesidad de control, a su insatisfacción permanente, a algún tipo de adicción, a su inseguridad o cualquiera que sea el tema en su vida; sacamos nuestras manos y nuestros corazones de allí. Tomamos distancia emocional para apartarnos de esa dinámica practicando el desapego, nos apartamos emocionalmente para hacernos responsables de nuestro proceso. Elegimos una manera más sana de relacionarnos con la realidad.

Al principio, la idea del desapego puede resultarnos cuestionable y difícil de aceptar porque podría interpretarse como que el otro o los otros no nos importan. Hemos vivido toda una vida y hasta hoy, en la creencia errónea de que, a través de nuestra conducta apegada y dependiente, centrada en el otro y sintiéndonos responsables de su bienestar, demostramos cuánto amamos y cuánto nos importan los demás. Hemos confundido apoyar, ayudar, escuchar y acompañar con sentirnos responsables y hacernos cargo de la felicidad o infelicidad del otro. Hemos construido nuestras relaciones a partir de la creencia equivocada de que es mi responsabilidad que los otros estén bien, y por tanto soy responsable del estado de la relación.

Amar sin depender significa que queremos y nos importa mucho: los otros, nosotros y la relación, por lo que deseamos lograr que esta resulte lo más saludable posible para ambas partes. Porque cuando uno depende, ya no elige y cuando no tienes la posibilidad de elegir, no hay libertad y sin libertad no puede haber amor.

Aceptamos nuestra dependencia emocional porque dentro de nosotros vive el niño o la niña que alguna vez y por muchos años fuimos y nuestro niño es dependiente porque es un niño y esa es su naturaleza. El camino del desapego implica reconocer y aceptar nuestra dependencia para encontrar los caminos y las maneras de ocuparnos de ella, para satisfacer y procurarnos aquello que necesitamos y queremos desde la persona que soy hoy.  Desarrollar eso que se conoce como pareja interna, donde elijo a ocuparme de mi y mis necesidades practicando el amor propio.

La esencia del desapego desde el amor consiste en amar a los otros y en amarte también a ti. En griego amar se dice agapi que significa “dejar ser”. El desapego como acto de amor es justo esto, dejar ser al otro al mismo tiempo que nos permitimos ser a nosotros mismos, incluyéndonos en el amor.

De muchas maneras…

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A Santiago Feliú quien se nos ha adelantado. Te vamos a extrañar porque siempre nos hará falta la magia de tus canciones y la fuerza de tu guitarra para creer en lo imposible, alimentar los sueños y sostenernos en la esperanza…

“De muchas maneras”

No te dejo ir

te quedas aquí, conmigo

… para siempre…

Viviendo en mí cada vez que la emoción me moviliza

Poniendo todas tus velas en el altar de mis sentimientos

Abrazando la locura por instinto

Desafiando los extremos para pintarlo todo de matices

Besando lo que no alcanzo a explicar y sólo logro entender a través del mundo mágico de los sentidos

Existiendo desde el alma, en el universo personal de todos mis sueños

Cuando vuelvo a sentirme adolescente y me descubro y me asombro y me olvido

Cuando el corazón se me llena de llantos y de cantos

En el silencio profundo de las palabras que no digo

En la ilusión y el amor que entrego al mar

En las alas, en el vuelo y en tu cielo

Celebrando la vida… que nos cantas

porque no hay otra fantasía más sagrada que vivir.

Perdonar a los otros para liberarse uno mismo.

Recuerdo aquella historia en la que dos viejos amigos se reúnen después de varios años sin verse cuando uno de ellos se entera con profundo pesar que su amigo está muy enfermo, en fase terminal. Al conocer sobre la gravedad de su amigo, el otro decide ir a visitarlo cuanto antes para pasar un rato juntos y hacerle compañía. Es así como durante la visita los dos amigos recuerdan anécdotas del pasado, conversan sobre su vida de entonces y los eventos en lo que se forjó su amistad.

En este recuento de sus vidas, rememoraban cuando se conocieron hace ya muchos años en una cárcel, siendo ambos prisioneros de guerra. Después de una larga pausa reflexionando sobre el tiempo que compartieron en prisión, el amigo le pregunta al enfermo: ¿Y tú, ya los perdonaste? A lo que el otro responde con todo el peso de su dolor y enojo: No, nunca los voy a perdonar. Al escuchar la respuesta del enfermo, su amigo con profunda tristeza le contesta: Entonces todavía te tienen prisionero.

El perdón es el mejor regalo que podemos hacernos a nosotros mismo en esta vida. Es el camino para sanar y liberarnos de aquello que no hace sufrir y nos impide ser felices. Perdonamos porque nos merecemos y queremos ser libres, más allá de los otros y del pasado, deseamos sanar nuestras heridas para vivir a plenitud nuestro presente, sin lastres. Nos concedemos la libertad para dejar de estar atados a un pasado, situación o personas que nos producen sufrimiento e infelicidad. Perdonar es un acto de amor propio donde decidimos dejar ir aquella experiencia del pasado que afecta nuestro bienestar.

Cuando perdonamos esto no significa que aprobemos o estemos de acuerdo con lo sucedido, que validemos las acciones de los otros; si no que comprendemos y aceptamos lo ocurrido y elegimos quedarnos con lo más valioso de la experiencia que serán siempre sus lecciones. Dejamos de esforzarnos por tener un mejor pasado y decidimos aprender de lo vivido. Capitalizar la experiencia.

A través del acto de perdonar podemos salir de este atolladero emocional que nos ancla al pasado, para comenzar a vivir nuestra vida entregando toda nuestra atención y energía al presente, para dejar de estar prisioneros y limitados por lo ocurrido. Dejamos de entregarle a los otros y al pasado el poder de influir para mal nuestra vida, arruinar nuestro presente y contaminar nuestra alma.

Del mismo modo que no pondrías ni un gramo de veneno en tu comida, no permitas que el rencor y el resentimiento envenenen tu alma.

Perdonar sólo depende de ti, de que tú quieras hacerlo. Es algo que sólo tú puedes hacer por ti.  Se trata de ofrecer el perdón a todo aquello que haya causado dolor y sufrimiento, con la profunda convicción que tanto nosotros como los otros y las circunstancias, hemos sido instrumentos, el medio y canal, a través del cual son entregadas y recibidas aquellas lecciones importantes y necesarias para nuestro crecimiento personal.

Perdona y perdónate porque todos estamos evolucionando y evolucionar trae implícito equivocarse. Perdonar es algo que hacemos por nuestro bienestar, por nosotros y para nosotros.  Es primero que todo, un gran acto de amor por ti y si en el proceso resulta que le puede servir o beneficiar a alguien más, entonces será dos veces bueno.

La vida que tú elijas.

Nuestras acciones son el puente que conectan nuestros sueños con la realidad. Es a través de aquello que hacemos que podemos realizar y vivir lo que deseamos en esta vida y en este mundo. Nuestras acciones definen el camino para llegar a donde queremos estar en cuerpo y alma.  Cualquiera que sea la meta en tu vida, llegarás allí a través de lo que hagas en el momento presente.  Son tus acciones las que te llevaran a lograr aquello que deseas.  Cuando digo acciones, considero un muy amplio espectro de estas que va desde el Hacer más concreto y físico, hasta el Ser más introspectivo y espiritual. Tus acciones estarán dirigidas hacia aquellos espacios en ti y de tu vida en los que quieras crecer, cambiar, avanzar, aprender y compartir. Para encontrar el deseado equilibrio entre Ser y Hacer.

Tus pensamientos son muy importantes porque constituyen el detonador de tus acciones y los responsables directos de cada una de tus emociones y tu proceder. Detrás de cada emoción hay un pensamiento que la provoca, sólo que estos viajan tan de prisa y son tan poco explícitos, que nos cuesta trabajo reconocerlos e identificarlos. Los pensamientos juegan un papel fundamental en la realidad que nos creamos; escoge los buenos, los mejores, aquellos que te permitan avanzar en la dirección que elijas, para alcanzar y realizar aquello que deseas lograr en tu vida. Los pensamientos condicionan nuestra actitud para recorrer el camino de la vida, rigen nuestro sentir y nuestra conducta en cada situación. Recuerda que la calidad de tus pensamientos determina la calidad de tu vida.

Del mismo modo que el camino más corto hacia la felicidad es la gratitud, el camino más corto y directo para sentirnos muy infelices es quejarnos, compararnos y asumir el papel de víctima de las circunstancias y/o con los que nos rodean. En realidad, las cosas no “te” pasan, las cosas pasan, uno decide cómo interpretarlo y a partir de ahí eliges tu respuesta, cómo te vas a relacionar con lo sucedido. Las situaciones se nos presentan como una escuela para nuestro aprendizaje y crecimiento personal, para que salga a la luz lo mejor de nosotros mismos. Para superar asignaturas pendientes en el camino de la vida. Nos ofrecen la oportunidad de reconocer y utilizar todos nuestros talentos, capacidades y recursos interiores para encontrar soluciones y lograr lo que deseamos.

Se trata de darse cuenta, para cambiar la actitud de juzgar, quejarnos y compararnos por la de aprender de la situación, de la relación, de las personas y de nuestras circunstancias. Dejar de lamentarnos y encontrar otra manera de mirar la realidad para aprender de ella, para quedarnos con lo más valioso detrás de cada experiencia: la lección que nos regala.

Nuestra vida se construye en base a las decisiones que hemos ido tomando a lo largo del camino. Porque siempre elegimos, aun cuando no lo hacemos también estamos eligiendo. Es cierto que no todas nuestras decisiones son o han sido conscientes y que no haya sido no significa que no pueda ser. Se trata de hacer del proceso de toma de decisiones un acto consciente para regresar a ti el poder de elegir tus respuestas y tu actitud, la manera en que te relacionas con la realidad. Para dejar de reaccionar y comenzar a responder practicando la pausa, ese espacio de sabiduría que media entre lo que ocurre afuera y cómo respondemos.

Aquello que no queremos aceptar es nuestra principal causa de sufrimiento. Aceptar la realidad no significa resignarse. Resignarse es una actitud conformista y pasiva que alimenta el resentimiento y la desesperanza. La aceptación es dejar de pelearnos con la realidad para sacar el mejor provecho de la situación incluso cuando no estemos de acuerdo, ni aprobemos lo sucedido. Es la capacidad de aprender de la experiencia, la relación y tus circunstancias para evolucionar hacia un nuevo nivel de conciencia e implica un arduo trabajo personal, de mucha voluntad y compromiso con nuestro bienestar. Lo más fácil es resignarse pues es un acto pasivo que no representa ningún esfuerzo, me victimizo o busco culpables afuera o las dos cosas; mientras que la aceptación implica asumir nuestra responsabilidad para desarrollar la resiliencia, aprender, crecer y sacar el mejor provecho de la realidad.

Resulta decisivo para crear nuestra mejor experiencia de vida, conectarse con uno mismo adentro, con ese espacio de paz, luz y amor dentro de ti, tu esencia, tu verdadera naturaleza que además te vincula con aquello en lo que crees.  En tu Ser se encuentra la esencia de vida y energía que unifica y conecta a todo lo que existe en el universo.  Esa conexión profunda e interior con nuestro centro y esencia, será lo que nos permita trascender para formar parte de todo, para vivir y actuar desde tu verdadero Ser de paz, amor, luz y sabiduría. Para crear la vida que tú elijas.

Dejar de pedir peras al olmo.

Existen diversos estudios, libros, conferencias, pruebas de campo, artículos especializados que avalan y fundamentan las diferencias físicas, neurológicas y bioquímicas entre hombres y mujeres. Conocer nuestras diferencias nos ayuda a acercarnos y comprendernos, con el propósito de entendernos sin juzgar, aceptar la realidad y dejar de esperar del otro aquello que sencillamente no puede ser o entregar. Se trata de evitar interpretar lo que sucede como algo personal y comprender que sencillamente el otro es así. Dejar de pedir peras al olmo para construir y compartir todo aquello que si es posible en nuestras relaciones. Porque de la mano de nuestras expectativas casi siempre llega la desilusión, por lo que resulta muy recomendable tener expectativas un poco más realistas para ser un poco más felices.

Hace un tiempo llegó a mi uno de esos libros donde tan bien se explica y fundamentan las diferencias entre hombres y mujeres en cuanto a su estructura cerebral y su manera de interpretar la realidad, lo cual condiciona su comportamiento. En este libro se plantea que hombres y mujeres tenemos diferencias neurofisiológicas y bioquímica, es decir, diferentes conexiones neuronales, actividad cerebral y composición hormonal. Estas diferencias son innegables y de muchas maneras determinan porque hombres y mujeres pensamos, sentimos y nos comportamos de manera diferente. Del mismo modo, considero imprescindible para cualquier análisis tomar en cuenta los tipos de personalidad y no únicamente la diferencia entre lo femenino o masculino, en aras de evitar darle un enfoque eminentemente sexista y simplista al tema.

Según lo explicado en este libro, lo masculino se maneja en la vida en función a objetivos y lo femenino se enfoca en el proceso. Un mismo hecho lo masculino lo entiende y aborda como un objetivo a cumplir y lo femenino como un proceso a vivir, tomando la experiencia momento por momento en el trayecto. Incorporando este criterio a los diferentes tipos de personalidad, mi manera de entenderlo y compartirlo sería que hay tipos de personalidad que viven la vida y cuanto acontece en ella como objetivos a cumplir y otras como procesos a transitar. Los primeros están enfocados hacia la meta y los segundos le dan más importancia al trayecto.

Esta manera de considerar la experiencia de vida como objetivo específico y concreto a cumplir, está ligada a la necesidad de sentir que avanzas en la vida, lograr metas y aquello que te propones. Las acciones están orientadas al resultado y encontrar soluciones, suele estar vinculado a la mentalidad de hacer. Las metas constituyen la principal fuente de motivación y encuentran gran satisfacción cuando logran poner la palomita de hecho o cumplido. El objetivo a cumplir es casi siempre más importante que el trayecto o proceso. Su mirada está puesta en el resultado.

Por su parte, los tipos de personalidad que viven y entienden la vida y sus situaciones como un proceso, la satisfacción y motivación suele estar vinculada a ser, vivir y sentir cada momento del camino, en lugar de lograr algo en específico, llegar a alguna meta o destino predeterminado. Vive la experiencia del trayecto, el proceso es tan importante como la meta a alcanzar.

Sucede también que las personalidades orientadas a metas y objetivos suelen tener su mente dividida en gavetas o cajones que se corresponden con cada rol o actividad que desempeñan en su vida. Su mente está compartimentada y sólo son capaces de abrir un cajón a la vez.  Cada gaveta se corresponde con un rol o área de su vida, por ejemplo: trabajo, esposo, padre, amigo, hijo, sobrino, pareja, tiempo libre, tele, hobby, deporte etc.

Por su parte, los tipos de personalidad que viven enfocadas al proceso suelen estar muy integradas, es decir, son todo el tiempo y a la vez, todos aquellos roles que desempeñan en su vida, por lo que cada área de su vida se encuentra interconectada.  Es por esto que determinado nivel de insatisfacción o infelicidad en un área de su vida influye y repercute de manera significativa en las demás.

Lo más importante será encontrar el equilibro en aras de nuestro bienestar y la armonía en nuestras relaciones, para acercarnos y comprendernos. De este modo, las personalidades en extremo compartimentadas deberán avanzar hacia la integración e interrelación de roles, afectos y áreas en su vida para incorporar y considerar a los otros, poder abrir más de una gaveta a la vez. Se trata de aprender a vincular los afectos, emociones y personas en las diferentes áreas de su vida. Del mismo modo que las personalidades completamente integradas, aprenderán a separar aquellas áreas de su vida que si funcionan y donde están bien, sin dejarse arrastrar y abatir por aquella única área en su vida donde experimenta un bajo nivel de satisfacción. Poder mirar lo que si funciona y está bien en nuestra vida y agradecerlo. Porque la gratitud es uno de los caminos más cortos hacia la felicidad.

De la diferencia entre los tipos de personalidades orientadas a objetivos y de estructura mental compartimentada y por el otro lado, aquellas centradas en el proceso e integradas, se desprenden una serie de actitudes y comportamientos muy diferenciados.  Todo lo cual suele ocurrir de manera casi siempre inconsciente.

El tipo de personalidad orientada a objetivos satisface la necesidad de sentir que avanza en la vida marcando como cumplido aquello que logra, olvida con facilidad porque vive la situación, marca “checked” y da vuelta a la página.  Por lo mismo, no suele disculparse ni sentirse culpable porque olvida para sentir que avanza, termina las discusiones antes, supera el tema y continúa hacia adelante. Necesita desprenderse para avanzar. Tiene la capacidad de separar las diferentes áreas de su vida y encontrar satisfacción en cada una de ellas por separado. Por lo mismo tienden a ser mono-focales y concretos, se concentra en una cosa a la vez.  Suelen ser mucho más visuales, reciben y procesan la información del mundo a través de aquello que ven.  En el tema felicidad suelen internalizarlo y son felices en la medida que logran aquellos objetivos que se proponen.

Este tipo de personalidad deberá aprender a dedicar tiempo y atención a aquellos a quienes ama, cuidar sus afectos y relaciones, estando presente y compartiendo lo que sienten.

Por su parte, las personalidades orientadas al proceso, como ya hemos mencionado, viven de manera completamente integrada todas las áreas y actividades de su vida. Son al mismo tiempo madres, esposas, profesionales, hijas, amigas, pareja, ama de casa, etc. Este tipo de personalidad por lo mismo de estar emocional y mentalmente centrada en el proceso suele se retentiva, no olvida con facilidad, se queda atada al problema y queda la huella profunda en su interior. Su tarea es aprender a soltar aquello que le hace sentir mal. Desprenderse del principio de sentirse necesitada y reconocida que moviliza su conducta y por lo cual suele hacerse cargo de casi todo y todos a su alrededor. Tiende a externalizar su idea de la felicidad, su bienestar depende de que las personas que están a su alrededor estén bien, por eso suele ocuparse de los otros y del bienestar de los otros de manera natural y espontánea. Esto con la contraparte de que entonces su infelicidad también depende de los otros o de lo que ocurra fuera. En gran medida depende del exterior y de los otros para sentirse bien.

Este tipo de personalidad orientada al proceso recibe la información del mundo de manera auditiva y a través de sus sensaciones…. siente y escucha. De ahí surge la intuición, la sabiduría interior, la visión de los ciegos que pueden percibir realidades por aumento de la sensibilidad. Por eso tiene tanta importancia para este tipo de personalidad la comunicación como pilar del proceso.

Se trata de poder ver y entender que si tu pareja tiene su mente dividida en gavetas, evita meterte en el cajón que no te corresponde, donde no te podrá entregar la atención que deseas, para de este modo dejar engancharte e interpretar su actitud como desamor, desatención o rechazo.  El típico ejemplo de que llamas a tu esposo al trabajo y él va directo al asunto, siendo poco cariñoso o atento. En ese momento él está en la gaveta con la etiqueta “Trabajo”, por lo que todo lo demás que intente introducirse en este cajón, al cual no pertenecen, recibirá muy bajo nivel de atención. Una vez que entiendes esto es muy probable que dejes de interpretar este evento de manera personal y por lo mismo dejará de afectarte.

Antes de terminar voy a detenerme un instante para aclarar que no pretendo realizar un análisis categórico sobre las diferencias entre hombres y mujeres. A la vez, no es menos cierto que por su estructura neurofisiológica y modelo mental, resulta mucho más común identificar en lo masculino el tipo de personalidad orientada a objetivos y mentalidad compartimentada; y en lo femenino, la personalidad orientada a procesos e integrada en todos sus roles. Que la mayoría de los hombres se comporten de cierta manera y la mayoría de las mujeres de otra, no significa que todos los hombres sean iguales y suceda otro tanto de lo mismo entre las mujeres. Las generalizaciones siempre son injustas.

A su vez y para enriquecer el análisis, los tipos de personalidad son dinámicos por lo que oscilan en diferentes niveles de salud o bienestar psicológico y emocional a lo largo del día y en las distintas etapas de la vida. Cada tipo de personalidad podrá encontrarse en su estado más extremo donde todos sus rasgos se acentúan, o por el contrario acercarse al punto de encuentro con el otro tipo de personalidad, moviéndose hacia el equilibrio.

Se trata de entender que una relación siempre es un proceso y nunca es un objetivo cumplido. El camino es el destino, para mantenernos enamorados y viviendo desde el amor toda la vida.

Cada vida es un libro.

Algunas semanas atrás, tuve la oportunidad de pasar un rato de la mañana en sentada en un parque del centro de la ciudad mientras esperaba que una amiga terminara unas gestiones. Me entretuve mirando a las personas que pasaban a mi lado o caminaban a la distancia. Detenerme a observar la vida en general y a las personas que me rodean en diferentes espacios es algo que suelo realizar con frecuencia. De manera natural y espontánea se activa el observador que llevo dentro cuando estoy esperando en lugares públicos. Constato una vez más que existen tantas historias como personas en este mundo, cada quien con su manera muy particular de interpretar la realidad, sentir y actuar. Un universo de personas con necesidades diferentes intentando estar en esta vida lo mejor posible.

Allí estaba yo, mirando a los otros pasar, cruzar la calle, caminar en diferentes direcciones y seguir de largo… con sus vidas. En ese ir y venir interminable de la existencia. Observaba sus rostros y sus gestos e intentaba descifrar algo de su historia personal, sus amores y desamores, sus alegrías y tristezas, aquello que tiene valor para su vida, lo que les importa y cuánto les importa. Porque cada quien sabe lo que carga en su morral.

Siempre he creído que cada persona es un libro y cada vida una novela inédita de su historia personal, un cúmulo de vivencias, experiencias, relaciones, conflictos interiores, lecciones aprendidas y por aprender. Cada uno escribe día a día el libro de su vida, su novela personal. Diferentes miradas y actitudes frente a los mismos temas tan humanos, existenciales y universales. La diversidad en el mundo de las formas y la unicidad en la dimensión espiritual, compartiendo todos una misma esencia de amor, luz y vida. Para al final confirmar una vez más que lo que nos une será siempre más y mejor que aquello que nos separa.

El Poder de elegir.

En la vida casi siempre existen personas con las que tenemos una relación complicada y que por alguna o más de una razón, esta no fluye de manera natural. La dinámica de la relación suele ser de muchos roces, tropiezos, malentendidos e interpretaciones, todo lo cual genera malestar y problemas de comunicación. Este tipo de relaciones suele presentarse en cualquiera de los ámbitos donde transcurre nuestra vida: laboral, familiar o nuestro entorno inmediato.

El enojo, la frustración, el malestar, la tristeza, junto a todo el torbellino de pensamientos y emociones negativas que sentimos, no serán nunca un buen lugar desde donde tomar decisiones sobre nuestras relaciones y tenemos altas probabilidades de engancharnos en una batalla de Egos. Los pensamientos negativos provocan en nosotros un torrente de emociones desfavorables que nos hacen sentir muy mal. Cuando estos pensamientos negativos y emociones asociadas nos rebasan, casi siempre reaccionamos desde la trampa del Ego que nos separa, divide y juzga, donde asumimos e interpretamos.

Todos somos capaces de lograr lo que deseamos en nuestras relaciones, al menos en la parte que nos toca, cómo me quiero sentir y cómo quiero estar. Se trata de poner nuestra atención en encontrar soluciones en lugar de entregar nuestra energía al problema. Donde pones tu atención, crece. Tengo la certeza de que cada uno de nosotros ha llegado a este mundo con los recursos necesarios para encontrar soluciones. Contamos con toda la capacidad y los recursos interiores para ser y estar lo mejor posible en esta vida. Dentro de nosotros se encuentran las respuestas que buscamos, sólo tenemos que regalarnos el tiempo, el espacio y el silencio para escucharlas.

Uno no tiene el poder de controlar lo que ocurre en el mundo exterior, cómo son los otros, cómo van  actuar o comportarse en la relación, pero tenemos todo el poder de elegir cómo queremos responder ante cada situación: si vamos a reaccionar en automático desde la trampa del Ego y el torrente de pensamientos y emociones negativas; o por el contrario, vas a elegir las acciones desde tu Ser, esa dimensión interior y profunda en cada uno de nosotros, tu esencia, tu sabiduría y tu paz interior. Se trata de ejercer el poder de elegir.

Podemos comenzar situándonos en la posición de observador, de mí, del otro y de la relación, para analizar de la manera más objetiva posible la situación, lo sucedido, el hecho. Salirnos del torrente de pensamientos, interpretaciones, condicionamientos mentales, lo que hemos asumido y demás trampas de la mente (Ego) con toda su repercusión emocional. Una de las maneras más efectiva para salirnos del torbellino de pensamientos negativos que nos producen sufrimiento, malestar, frustración y enojo, al tiempo que nos permite conectar con nuestro Ser, será concentrarnos en nuestra respiración. Intenta poner toda tu atención por unos minutos únicamente en tu respiración, inhala y exhala despacio de manera muy consciente, esto te sitúa en el momento presente y te ayuda a salir del torbellino de tu mente. Regálate tiempo y distancia para conectar con tu guía interior, tu intuición y desde allí decidir cómo quieres actuar.

Se trata de encontrar tu manera para desprenderte de aquel o aquellos pensamientos que te hacen sentir mal y que decidiste creerte, al mismo tiempo que te conectas con ese espacio dentro de ti de sabiduría y paz, desde donde tomar las mejores decisiones. Lograr identificar cuál es el pensamiento que te provoca esas emociones para cuestionártelo. ¿Es este pensamiento cierto? ¿Puedo estar absolutamente convencido de que esto que pienso es cierto? Qué pasa una vez que decido creerme este pensamiento, ¿cómo reacciono? ¿Cómo sería yo sin este pensamiento?

Intenta observar la situación, lo ocurrido, el hecho sin interpretaciones ni pensamientos asociados. Saber qué es lo que quieres lograr, cómo te quieres sentir, cómo quieres estar. Sin hacer nada más, sólo observar desde tu Ser. Una vez que sepas aquello que deseas lograr, explorar cuál o cuáles serían las opciones para llegar allí, considera al menos más de tres posibilidades. ¿Cuáles son las acciones que mejor te garantizan alcanzar lo que tú quieres en la relación y de la situación? Comenzar con el final en mente y explorar las opciones para lograr lo que deseas.

Se trata de evitar reaccionar en automático para de este modo evitar repetir los viejos patrones y conductas que te llevarán irremediablemente a obtener los mismos resultados. Dejar de engancharnos y encontrar otros caminos y soluciones para lograr resultados diferentes. Cada quien encontrará su manera porque lo que funciona para unos puede que no funcione para otros, porque todos somos diferentes.

Resulta imprescindible encontrar tu manera de ganar tiempo y poner distancia para practicar la pausa que te permite decidir cómo quieres responder y que vas a hacer para lograr aquello que deseas. Se trata de viajar hacia tu interior para conectar contigo, para saber qué quieres y que tus acciones te lleven a conseguirlo. Confía siempre en ti, en tu sabiduría y utiliza tu guía interior. Dentro de ti está desde siempre todo lo que necesitas. Búscalo allí.